
Las fotos de naturaleza en redes sociales pueden destruir ecosistemas y provocar extinciones. Sin saberlo, podrías estar contribuyendo a la desaparición de especies. Descubre cómo compartir imágenes sin dañar el planeta
Las redes sociales nos han dado muchas cosas. Nos han convertido en documentalistas espontáneos, en embajadores de la belleza salvaje, en fotógrafos de National Geographic de andar por casa. Un clic, un filtro bonito, un pie de foto con un par de emojis y, de repente, somos defensores del planeta.
Se siente bien. Se siente como si estuviéramos haciendo algo positivo, compartiendo la maravilla del mundo natural con quienes nos rodean.
Pero la historia no es tan bonita. Porque esa misma foto que te ha sacado un suspiro de admiración puede ser la última de su especie. Literalmente.
Las redes sociales han sido una bendición para la ciencia ciudadana. En 2023, por ejemplo, el Aussie Bird Count de Australia recopiló 3,6 millones de avistamientos de aves en jardines en tan solo una semana. Un festín de datos útiles para los investigadores. Hasta aquí, todo bien.
Amar a una especie hasta la muerte es una posibilidad muy real
El problema es cuando el entusiasmo por la naturaleza se convierte en un circo de influencers. Porque sí, amar a una especie hasta la muerte es una posibilidad muy real.
Imagina esto: un usuario sube una foto de una orquídea extremadamente rara en su hábitat natural. Miles de personas la ven, algunas de ellas sienten la necesidad de encontrarla por sí mismas. Es una flor delicada, que depende de un hongo específico para sobrevivir. Si pisotean el suelo a su alrededor, adiós a la orquídea.
En 2010 se descubrió en Vietnam una nueva especie de orquídea “zapatilla” (Paphiopedilum canhii). Se publicaron fotos en internet con información sobre su ubicación. En solo seis meses, más del 99 % de los individuos conocidos fueron recolectados. Hoy, la especie está extinta en estado salvaje.
Las plantas no son las únicas víctimas. En China, el tordo azul (Cyanopsitta spixii), una especie en peligro crítico de extinción con una población salvaje de apenas 300 ejemplares, tuvo que cambiar su forma de anidar porque los fotógrafos la perseguían día y noche.
El simple sonido del obturador de una cámara, multiplicado por cientos de aficionados a la observación de aves, fue suficiente para alterar su comportamiento.
Otro ejemplo: algunos fotógrafos reproducen los cantos de especies raras con altavoces para atraerlas y poder tomarles fotos. Lo que parece un truco inofensivo puede hacer que las aves se vuelvan más agresivas, pierdan el miedo a los depredadores o incluso abandonen sus nidos.
La creatividad humana no tiene límites cuando se trata de conseguir la foto perfecta.
Algunos fotógrafos de fauna silvestre usan cebos para atraer animales. Un poco de comida aquí, un poco de olor allá y, voilà, un águila en pleno vuelo, un zorro en una pose perfecta. Pero cuando se hace sistemáticamente, se altera el comportamiento de los animales.
Si realmente amamos la naturaleza, debemos aprender a disfrutarla sin necesidad de demostrarle al mundo que estuvimos allí
En el caso de los tiburones, por ejemplo, el uso de cebos por parte de operadores turísticos ha provocado cambios en su metabolismo, una reducción del flujo genético y un aumento de la agresividad.
Los drones tampoco ayudan. En teoría, permiten captar imágenes impresionantes sin molestar a la fauna. En la práctica, aterrorizan a muchas especies.
En Australia Occidental, un fotógrafo voló un dron demasiado cerca de un nido de águila pescadora. El ave intentó defender su territorio, el dron impactó contra ella y el animal acabó con heridas.
Algunas redes sociales han tomado medidas para evitar el geotagging automático de fotos de naturaleza. Sin embargo, no es suficiente. Los metadatos de una imagen pueden contener coordenadas exactas, y basta con que una sola persona tenga acceso a esa información para que la ubicación de una especie vulnerable quede expuesta.
En el caso de los pinos Wollemi en Australia, cuya población salvaje se mantiene en secreto, se han tomado medidas extremas para evitar filtraciones.
Si un turista llegara a compartir la ubicación exacta de estos árboles, podría desencadenar una oleada de visitantes que destruirían su hábitat sin quererlo.
Este no es un llamamiento a boicotear las fotos de naturaleza en redes sociales. No se trata de cerrar Instagram y TikTok, sino de usarlos con cabeza.
Algunas soluciones posibles incluyen:
✅ Moderación en grupos de redes sociales: Los administradores de grupos de fotografía de naturaleza pueden establecer normas claras, como prohibir publicaciones de especies en peligro durante su temporada de reproducción o impedir que se compartan ubicaciones exactas.
✅ Prohibiciones locales: Los gestores de parques pueden imponer restricciones al uso de drones y al acceso a zonas sensibles.
✅ Conciencia individual: Si realmente amamos la naturaleza, debemos aprender a disfrutarla sin necesidad de demostrarle al mundo que estuvimos allí.
El problema no son las redes sociales en sí. Es el ego, la necesidad de ser los primeros en capturar un momento único, la obsesión por los likes.
Mientras no aprendamos a controlar eso, seguiremos siendo el mayor peligro para aquello que tanto nos fascina.
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