
El embalse de As Conchas y su pesadilla bacteriana
Por más que nos guste pensar que vivimos en una democracia avanzada, con instituciones que protegen la salud pública y la dignidad humana, de vez en cuando aparece un rincón olvidado del mapa que desmiente ese bonito relato. El embalse de As Conchas, en Ourense, es uno de esos rincones. Allí, el agua ya no parece agua. Parece algo salido de una pesadilla bacteriana: entre 32 y 97 millones de bacterias peligrosas por litro. No es una metáfora. Es una cifra.
Siete vecinos, una asociación vecinal y una federación de consumidores han dicho basta. Han llevado su indignación ante el Tribunal Superior de Justicia de Galicia con el apoyo de dos grupos ecologistas. Su demanda no habla solo de estiércol y contaminación; habla de derechos fundamentales. En concreto, del derecho a la vida. Lo que denuncian es que se han visto obligados a vivir en un entorno convertido en un experimento tóxico por obra y gracia de cientos de macrogranjas de cerdos y aves, desplegadas sin orden ni concierto desde los años noventa por las comarcas de Ourense.
Y no están solos. La Fiscalía ha recogido el guante, señalando algo que, por obvio, duele: que el Estado tiene la obligación —y no el capricho— de proteger el medio ambiente. Que la administración autonómica, la Confederación Hidrográfica Miño-Sil y cinco ayuntamientos no han hecho su trabajo.
El deterioro del embalse de As Conchas es progresivo, acumulativo y, sobre todo, prevenible
No han prevenido, no han intervenido y, lo que es peor, han seguido autorizando nuevas explotaciones ganaderas incluso mientras la situación empeoraba. Por si alguien quiere datos: desde 2008, la Sociedade Galega de Historia Natural ha presentado 69 denuncias contra nuevas granjas o ampliaciones. Resultado: silencio administrativo. Cero respuestas.
Para entender la magnitud del problema, hay que imaginar un embalse que en vez de reflejar nubes y árboles, refleja nuestra dejadez colectiva. As Conchas ha dejado de ser un recurso hídrico útil. Se ha convertido en un símbolo nacional de lo que ocurre cuando el poder económico del modelo ganadero intensivo se impone a cualquier otra consideración, ya sea ecológica, social o simplemente humana.

La demanda vecinal ha puesto el foco en una evidencia que demasiadas veces se esconde bajo la alfombra: este modelo de producción industrial de carne, del que ni siquiera existe una definición oficial, ya no solo está en entredicho por sus consecuencias medioambientales. Ahora se cuestiona desde el ámbito constitucional. Porque si respirar, beber agua limpia y no enfermar son condiciones básicas para vivir, entonces lo que ocurre en Ourense no es una queja ecologista: es una vulneración de derechos fundamentales.
Los informes que acompañan la demanda —epidemiológicos y de calidad ambiental— aportan el rigor científico que a menudo falta en estos debates. No se trata de impresiones o exageraciones. Se trata de diagnósticos. El deterioro del embalse de As Conchas es progresivo, acumulativo y, sobre todo, prevenible. Lo saben los vecinos, lo han advertido los científicos y ahora lo reconoce la Fiscalía. Pero las administraciones implicadas parecen haber optado por el avestruz: cabeza bajo tierra y permisos al alza.
Lo más irónico es que este no es un caso aislado ni una sorpresa. Hace apenas tres años, una tormenta política se desató cuando el entonces ministro de Consumo, Alberto Garzón, criticó a las macrogranjas.
El Estado tiene la obligación de proteger el medio ambiente, y las administraciones, de hacerlas efectivas
Lo que vino después fue una orgía de hipocresía: se acusó al ministro de demonizar al sector, se invocaron tradiciones rurales y se mezclaron churras con merinas (nunca mejor dicho). Lo que no se hizo fue analizar con honestidad si este tipo de explotaciones es compatible con un modelo de vida digno para quienes las rodean.

Porque una cosa es criar cerdos y otra muy distinta es inundar de purines una cuenca fluvial entera. Y aunque cueste creerlo, esto no es una invención moderna de cuatro ecologistas de ciudad. El campo lo sabe bien. Lo sabe desde que el volumen de producción dejó de responder al consumo local para convertirse en una máquina de exportar carne barata a costa de todo lo demás.
La mirada de Europa sobre el modelo ganadero intensivo: Ahora, Europa empieza a mirar con recelo este modelo. En algunos países, las macrogranjas ya no solo se ven como una amenaza ambiental, sino como un problema estructural que pone en entredicho la viabilidad de las zonas rurales. ¿Qué futuro tiene un pueblo donde no se puede beber agua del grifo ni abrir la ventana sin respirar amoníaco?
La pregunta no es si la ganadería es mala. La pregunta es por qué se permite que ciertas formas de ganadería industrial conviertan entornos naturales en trampas biológicas. El embalse de As Conchas debería ser un recurso estratégico, no un basurero biológico. Lo que se está cuestionando en esta demanda no es la actividad ganadera per se, sino el modelo salvaje, intensivo, descontrolado, y, para muchos, corrupto, que se ha instalado sin resistencia en buena parte del territorio.
Y aquí es donde entra el Estado. Porque si hay un principio democrático que debería guiar nuestras decisiones colectivas, es que ningún interés económico puede situarse por encima del derecho a la salud. No podemos hablar de progreso mientras haya ciudadanos obligados a acudir a los tribunales porque no pueden vivir sin temor a enfermar. No se puede hablar de equilibrio territorial cuando las zonas rurales se usan como vertederos para sostener un modelo de consumo que se niega a pagar el coste real de la carne que come.
Este caso, el de As Conchas, puede marcar un antes y un después si se toma en serio. Puede abrir la puerta a una reinterpretación de la justicia ambiental, no como un lujo para países ricos, sino como una exigencia básica de cualquier democracia que se precie. Porque si vivir rodeado de bacterias, sin respuesta institucional, sin opciones de alternativa, no es una forma de violencia estructural, entonces nada lo es.
Quizá haya llegado el momento de dejar de hablar de macrogranjas y empezar a hablar de derechos. No por corrección política, sino por decencia. Porque nadie debería tener que elegir entre respirar y quedarse en su tierra. Porque cuando la vida se convierte en una amenaza, entonces el Estado ha fracasado en su deber más elemental.
Haz que tus productos y servicios sean visibles para quienes valoran el cuidado del planeta, conecta con nuevas empresas y consumidores responsables mostrando el compromiso ecológico de tu negocio. Contribuyamos juntos a un entorno más saludable y próspero para las próximas generaciones

Nuevo Estatuto de la AEMET: más ciencia, menos burocracia y un papel clave ante el cambio climático en España. La AEMET se…

La Ludwigia grandiflora avanza en Madrid y amenaza la Casa de Campo. Así funciona esta invasión silenciosa. Una planta invasora pone en…

Startup española convierte el plástico del Mediterráneo en productos industriales y ya ha retirado un millón de toneladas. Gravity Wave recicla redes…

Cee, costa de ballenas: factoría fantasma, rorcuales varados, arte urbano y bioluminiscencia para una Galicia crítica e inolvidable. De factoría a mirador:…

España supera los 47.000 puntos de recarga eléctrica, pero ¿es suficiente para impulsar la movilidad sostenible? Aumentan los cargadores rápidos en España,…