
Qué bonito ese mar cristalino que te imaginas al cerrar los ojos, ese océano de Instagram donde los peces sonríen y las olas susurran poesía. Ahora abre los ojos: lo que tienes es una sopa de plástico. Y no es una metáfora. Si no hacemos algo, en diez años el planeta no va a poder ni con el volumen de basura plástica que generamos. Esto no lo digo yo, lo dice Anne Beathe Tvinnereim, ministra noruega para el desarrollo internacional. Pero claro, ¿a quién le importa cuando en el Black Friday los paquetes vienen envueltos en plástico hasta el hartazgo?
El 1 de diciembre de 2024 se celebraron en Busan, Corea del Sur, las conversaciones para lograr el primer tratado global contra la contaminación por plásticos, que prometen ser el equivalente diplomático de un combate de boxeo con los ojos vendados. Tvinnereim, co-líder de una coalición de 60 países bautizada “high ambition” —liderada por Noruega y Ruanda—, quiere atacar el problema de raíz: la producción masiva de plásticos. No se corta ni un pelo al decir que el mundo necesita “liderazgo y buenas noticias”. Pero claro, entre los buenos deseos y las petroleras, ya sabemos quién tiene las manos más grandes en esta partida de póker.
Si no reducimos producción y consumo, estaremos ahogados en plástico en 10 años
Mientras tanto, la oposición, liderada por países productores de petróleo como Arabia Saudita, Rusia e Irán —el club del plástico sin frenos—, propone soluciones tan útiles como un flotador en un tsunami: reciclar y gestionar residuos. El elefante en la habitación, la producción desbocada de plástico, sigue intacto porque es más rentable para ellos fabricar basura que preocuparse por dónde acaba.
El tema no es solo que el plástico ahogue a las tortugas. Este año, investigadores encontraron microplásticos en todo: en placentas humanas, arterias (provocando infartos y derrames), e incluso en el cerebro, los testículos y el semen. Así, el plástico, que alguna vez fue un símbolo de progreso, ahora es un invitado no deseado que se cuela hasta en las fiestas más íntimas de nuestra biología. Pero, ¿qué importa si seguimos comiendo fresas envueltas en capas de plástico más gruesas que el caparazón de un armadillo?
Los datos son demoledores: si seguimos así, el uso de plásticos podría triplicarse para 2060, con los mayores aumentos en África subsahariana y Asia. Y ojo, la basura plástica también se triplicará, con la mitad yendo a parar a vertederos y menos del 20% reciclada. ¿Y la parte que falta? Probablemente flotando en algún rincón del océano o incrustada en nuestras células.
Hace dos años, 175 países acordaron negociar un tratado global que abordara todo el ciclo de vida del plástico. Pero aquí estamos, estancados, porque cuando hablamos de los $712 mil millones que mueve la industria del plástico, las buenas intenciones chocan con las carteras llenas. En abril, las conversaciones no lograron un acuerdo ni siquiera para incluir objetivos de producción en el tratado. Ahora, en esta última ronda, Tvinnereim advierte: sin recortes en producción y consumo, estaremos ahogados en plástico en 2034.
Este año, investigadores encontraron microplásticos en placentas, arterias, testículos y semen, mostrando su invasión a nuestra biología
Eso sí, no esperes un tratado perfecto. La ministra es realista: “No vamos a lograr un tratado perfecto, pero tenemos que avanzar. Y yo elijo ser optimista.” Claro, optimismo es lo que necesitamos cuando sabemos que un personaje como Trump, amante declarado de los combustibles fósiles, ha vuelto a la presidencia de Estados Unidos.
Mientras tanto, algunos miran a China. Porque si el gigante asiático, que ya ha tomado medidas domésticas contra el plástico, decide dar un paso adelante en estas negociaciones, quizá podamos arañar un tratado decente. Pero si no, la cosa pinta más negra que un mar lleno de petróleo.
Tvinnereim propone prohibir productos de plástico de un solo uso y químicos tóxicos en plásticos que están en contacto con alimentos o en juguetes para niños. Vamos, un mínimo sentido común. Pero ya sabemos que el sentido común es el superpoder menos frecuente en estas mesas de negociación.
El panorama no es halagüeño. Mientras Tvinnereim y su “coalición de alta ambición” intentan demostrar que todavía hay países con algo de decencia ambiental, el resto del mundo sigue envuelto en contradicciones. Nos rasgamos las vestiduras por las fotos de tortugas atrapadas en redes plásticas, pero al mismo tiempo exigimos que nuestra comida venga en bandejas perfectamente envueltas. Porque, al final, el problema no es solo de los gobiernos. Es nuestro. Es cómodo culpar a las petroleras, a las grandes corporaciones, a los políticos, mientras seguimos consumiendo plástico como si fuera oxígeno.
El tratado que salió de Busan será probablemente un compromiso tímido, lleno de buenas intenciones y carente de dientes. Pero si no conseguimos reducir la producción, reciclar más y cambiar nuestra relación con el plástico, en unos años miraremos atrás y nos preguntaremos por qué no hicimos nada mientras todavía podíamos respirar. Y no tendremos más remedio que reconocer que sabíamos lo que pasaba. Solo que decidimos mirar hacia otro lado.
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