
El cambio climático está matando en España: en 2022, más de 11.000 muertes por calor extremo y 27.000 víctimas en las últimas décadas. Barcelona, Madrid y Valencia, entre las ciudades más afectadas. ¿Cuánto más vamos a esperar?
Hubo un tiempo en el que el cambio climático era un problema de osos polares y icebergs a la deriva. Nos lo vendieron como algo lejano, un drama de naturaleza virgen que no nos afectaba más allá de algún documental de sobremesa. Pero ahora, el guion ha cambiado: el desastre está aquí, en nuestras calles, en nuestros hospitales y en nuestras cuentas bancarias. Y está matando.
Las cifras no dejan lugar a dudas. En 2022, más de 11.000 personas murieron en España por olas de calor extremo. Desde 1993, el clima asesino se ha cobrado 27.000 vidas en nuestro país y ha dejado un agujero en la economía de 25.000 millones de euros. Y si alguien pensaba que estos números eran una anécdota, que mire hacia adelante: el problema no va a hacer más que crecer.
En 2022, más de 11.000 personas murieron en España por olas de calor extremo
Dos estudios recientes, publicados en Nature y en el Índice de Riesgo Climático 2025 de Germanwatch, lo dejan claro: el Mediterráneo está en llamas, España está entre los países más afectados del mundo y, si seguimos como hasta ahora, nos espera un siglo de entierros prematuros y facturas impagables por desastres naturales.
El primer estudio, liderado por la London School of Hygiene & Tropical Medicine, ha analizado cómo el aumento de temperatura afectará a la mortalidad en 854 ciudades europeas. Y las conclusiones son un puñetazo en la cara: de aquí a 2100, el calor extremo podría cobrarse más de 2,3 millones de vidas en Europa.
Entre las diez ciudades europeas más golpeadas por el calor extremo, tres son españolas:
Y no es casualidad. No es un castigo divino ni una lotería climática. Es el resultado directo de décadas de urbanismo diseñado para el coche en lugar de para las personas, de ciudades secas, grises y sin apenas sombra, donde el asfalto absorbe el calor como una sartén en pleno agosto.
El segundo informe, el Índice de Riesgo Climático 2025, viene a reforzar el mensaje. Elaborado por Germanwatch, esta investigación analiza los desastres climáticos de las últimas tres décadas y su impacto a nivel global. Barcelona lidera el ranking con 246.000 muertes estimadas para finales de siglo, seguida de Madrid con 130.000 y Valencia con 67.000
Y España, lejos de ser un espectador de la tragedia, está en el centro del huracán. En 2022, fuimos el quinto país más afectado del mundo por eventos climáticos extremos, solo superados por Pakistán, Belice, Italia y Estados Unidos.
Las olas de calor han sido el asesino silencioso más letal, pero no han venido solas. La sequía de 1999, las inundaciones de 2019 y la brutal DANA de octubre de 2023 en Valencia han dejado claro que el clima español ha cambiado de guion. Ya no hablamos solo de veranos infernales: hablamos de un calendario de desastres cada vez más violento y constante.
Ante este panorama, uno esperaría que los gobiernos y las empresas estuvieran en pie de guerra contra el cambio climático. Que se estuviera actuando con la urgencia que merece una crisis que, literalmente, está matando gente. Pero no. A pesar de que sabemos perfectamente cuál es el diagnóstico, a pesar de que tenemos décadas de advertencias y montañas de estudios científicos diciendo lo mismo, seguimos sin hacer lo suficiente.
Los expertos lo repiten hasta la saciedad:
El informe de Germanwatch lo dice alto y claro: los países de altos ingresos, esos que han emitido más CO₂ en la historia, son los que más deberían estar invirtiendo en mitigación y adaptación. Pero en lugar de liderar la solución, parecen empeñados en seguir engordando el problema.
Si no se toman medidas drásticas, el escenario es aterrador.
Lo peor es que todo esto no es ninguna sorpresa. No es un giro de guion inesperado. Los científicos llevan décadas avisando, los datos están sobre la mesa y el impacto es cada vez más evidente. Y sin embargo, aquí seguimos, discutiendo si el cambio climático es real mientras el termómetro sigue subiendo. Si algo está claro es que el clima ya no es un problema del futuro. Es el problema del presente. España arde, se inunda y se ahoga. Y la única pregunta que importa ahora es: ¿Vamos a hacer algo antes de que sea demasiado tarde?
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