
¿Y si un parque zoológico pudiera salvar el planeta? Explora los BIOPARC de Valencia, Fuengirola y Gijón: hábitats inmersivos, animales increíbles y una causa que va más allá del entretenimiento. Sorpréndete con lo que ocurre dentro.
Por un momento, imaginemos que los zoológicos del siglo XX fueron poco más que cárceles decoradas para animales. Lugares donde la fauna se exhibía como si fueran objetos de coleccionista tras los barrotes de un decorado sin alma. Ahora, miremos a nuestro alrededor en este siglo XXI. Seguimos aniquilando hábitats, mascando microplásticos y pintando de verde nuestras conciencias con cosmética sostenible. Pero hay algo que, al menos, intenta no repetir errores: los BIOPARC. Bienvenidos al ocio con causa.
El concepto suena bonito, incluso demasiado si uno viene escarmentado de campañas de marketing verde que ocultan más que enseñan. Pero en el caso de los BIOPARC —Valencia, Fuengirola y Gijón— no se trata de colar el ecologismo envasado en papel reciclado, sino de meter de verdad al visitante en la piel del animal… sin ser devorado en el intento.
Aquí no hay barrotes. Tampoco pasillos impersonales con vitrinas donde languidecen criaturas tropicales. Los BIOPARC apuestan por la «zoo-inmersión»: un modelo que pretende borrar la distancia entre el ser humano y el animal sin recurrir a la domesticación ni a los shows de delfines. Lo que se ofrece es una experiencia transformadora, que combina aprendizaje, cercanía y compromiso ecológico. Y lo más sorprendente: funciona.
Quien haya estado en Valencia sabe que hay dos realidades coexistiendo: la ciudad del turismo de paella prefabricada y esa otra Valencia que respira, algo escondida pero persistente. En medio de ese equilibrio incómodo, el BIOPARC Valencia ha logrado instalarse como un oasis que no peca de cursi.
Situado en pleno casco urbano, el parque alberga más de 6.000 animales de 150 especies distintas, distribuidos en ecosistemas tan diferentes como los humedales africanos, la sabana o la selva del Congo. Aquí no hay jirafas solitarias mirando al horizonte. Aquí conviven como conviven en la vida real: depredadores y presas, arbustos y elefantes, humanos y preguntas.
Los protagonistas son los animales, sí, pero también sus crías. Como Malik y Makena, elefantes nacidos en el parque como parte de un programa de conservación; o Cala, una chimpancé que representa algo más que una anécdota zoológica: simboliza la esperanza de continuidad. En un mundo que se empeña en destruir, criar es ya un acto subversivo.
Los visitantes pueden participar en talleres educativos, escuchar al equipo de cuidado animal y salir del parque sabiendo algo más de lo que sabían al entrar. Eso, en tiempos de vídeos virales y atención fragmentada, ya es todo un logro. Los restaurantes del recinto ofrecen productos locales y las tiendas venden objetos sostenibles. No es decoración: es coherencia real.

A escasos metros de la postal turística de la Costa del Sol, el BIOPARC Fuengirola es casi una contradicción viviente. Mientras en el paseo marítimo se siguen sirviendo cócteles con sombrillita, dentro del parque puedes cruzar un puente colgante entre árboles selváticos o verte cara a cara con un tigre de Sumatra.
Lo exótico aquí no es solo el animal, sino la manera de presentarlo: ecosistemas de Asia, África y América recreados con precisión casi cinematográfica, que no buscan impresionar sino sumergir. Nada de decorados de cartón piedra. Aquí hay historia, contexto y hasta una nueva zona dedicada a la expedición de Magallanes y Elcano, con murales, globos terráqueos y diarios de navegación.
El parque se ha convertido en referente nacional en la cría de especies en peligro crítico, como los gorilas o el tapir malayo. Una rareza que, más allá del exotismo, plantea preguntas incómodas: ¿por qué tenemos que recrear la selva para conservarla? ¿Cómo hemos llegado al punto de celebrar nacimientos que deberían ser la norma?

Si los dos primeros parques nos llevan por la superficie terrestre, el Acuario de Gijón da el salto al abismo azul. Con más de 5.000 animales de 400 especies, distribuidos en 60 acuarios temáticos, este centro se ha convertido en un lugar donde la pedagogía marina no se diluye en decorados naïf.
Desde los ríos africanos hasta las profundidades del Pacífico, pasando por el mar Cantábrico, la visita es un viaje que sorprende por lo didáctico y realista. Este año, además, incorpora la exposición “Veneno: naturaleza letal”, que explica con una claridad pasmosa cómo funcionan toxinas de serpientes, peces tropicales y escorpiones. Nada de sensacionalismo gratuito: aquí el veneno es ciencia.
El acuario colabora activamente con el CRAMA (Centro de Recuperación de Animales Marinos de Asturias), participando en la rehabilitación y liberación de especies como tortugas y focas. No es una ONG, pero casi. Y en tiempos en los que hasta el reciclaje de una botella se convierte en evento, este tipo de colaboración interinstitucional es un bálsamo.
Todo esto no sería más que un decorado bienintencionado si no hubiera detrás un compromiso tangible. Y lo hay. Los tres parques aplican el enfoque One Plan Approach, que combina la conservación in situ (en los hábitats naturales) y ex situ (en los propios parques). Es decir: no sólo enseñan animales, también ayudan a que sigan existiendo fuera de sus muros.
A través de la Fundación BIOPARC, se apoyan proyectos como:
Más de 60.000 escolares participan cada año en actividades educativas donde la ciencia y la emoción van de la mano.
No nos engañemos: visitar BIOPARC no salvará el planeta. Pero quizás sí salve algo más importante a corto plazo: la capacidad de asombro, el respeto por lo vivo, la conexión con una naturaleza que hemos convertido en fondo de pantalla.
Cada parque dispone de su propia página web para adquirir entradas, consultar horarios y conocer la programación de actividades. Son 100% accesibles, con recorridos sin barreras y materiales didácticos para todos los públicos. Además, hay tarifas especiales para escolares, familias numerosas y personas con discapacidad.
Si estás buscando una escapada que combine naturaleza, conocimiento y emoción, los BIOPARC son una opción perfecta. Porque viajar también puede ser una forma de proteger.
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