
Descubre cómo abejarucos y rapaces nativos se han convertido en héroes inesperados contra la avispa asiática, protegiendo la biodiversidad
Hace veinte años, al sur de Francia, un diminuto enjambre cruzó la barrera de los continentes. En 2012, aquel visitante exótico se instaló en Galicia con la detección del primer nido de Vespa velutina. Desde entonces, la velutina ha saltado de comunidad en comunidad hasta conquistar Fisterra, Cap de Creus y Cabo de Gata. Su presencia va más allá de una simple curiosidad científica: es un aviso implacable de los riesgos que trae cada especie invasora.
En las ciudades, las trampas y campañas de información convierten a la avispa asiática en un asunto de peligro eventual. Pero en el campo, la realidad es más sombría. Su voracidad no distingue entre abejas de la miel y otros insectos polinizadores, por lo que las pérdidas en apicultura no son una anécdota: afectan al rendimiento de los cultivos, a la flora silvestre y ponen en riesgo la biodiversidad misma.
“Este sistema demuestra que la mejor estrategia contra especies invasoras está en la propia biodiversidad.”
Lo que comenzó como un problema económico —la caza sistemática de colmenas— se ha transformado en una amenaza al equilibrio ecológico.
Las administraciones han recurrido a la fórmula clásica: retirar nidos y capturar reinas con trampas de todo tipo, desde artilugios caseros hasta dispositivos de alta tecnología. Los gigantescos avisperos, capaces de superar el metro de diámetro, se sellan e inyectan con insecticida al amanecer —la hora en que las velutinas están más dormidas— y sólo el personal especializado se atreve a lidiar con ellas. Aun así, el año pasado se retiraron más de veinte nidos en Mallorca, incluida la capital, y se puso en marcha un canal de WhatsApp para alertar sobre novas colonias.
No es un ejercicio de heroísmo: es pura necesidad. La meteorología tuvo a las reinas dormidas más de lo habitual esta primavera, retrasando la temporada de trampas. Pero, por muy sofisticado que sea el arsenal, los expertos admiten que estos métodos son un parche temporal.
Más allá de las trampas y drones —que recuerdan a un episodio de Black Mirror—, la propia fauna ibérica está encontrando su manera de decir “hasta aquí hemos llegado”.

El abejaruco (Merops apiaster), antaño tachado de enemigo por devorar colmenas, ha redefinido su menú.
“Una pareja de abejarucos puede llegar a capturar alrededor de un millar de velutinas al día.”
Según ornitólogos, este bellísimo pájaro prefiere ahora las velutinas porque cada captura rinde más y es más sencilla gracias al mayor tamaño del insecto. En época de cría, una pareja de abejarucos puede llegar a capturar alrededor de un millar de velutinas al día, convirtiendo a esta avispa en la base de su dieta.

Si pensábamos que el abejaruco era insólito, el abejero europeo (Pernis apivorus) lleva la osadía a otro nivel. Un estudio de la Universidad de Alcalá de Henares y el Servicio de Conservación de la Biodiversidad de la Xunta de Galicia revela que estos rapaces destruyen 25.000 nidos de avispa asiática cada año en Galicia. No se conforman con cazar ejemplares: desmontan los avisperos para comerse sus larvas sin temor a las picaduras. Hay vídeos en Internet que parecen escenas de juego de tronos: un ave enorme irrumpiendo en un nido y devorando larvas con determinación casi cinematográfica.
No sólo aves pueden presumir de paladar exótico. Los alcaudones, la araña tigre (Argiope bruennichi) e incluso nuestro autóctono avispón europeo (Vespa crabro) han aprendido a cazar a la velutina. Estos depredadores han descubierto un recurso alimenticio inesperado y, al especializarse, se han convertido en piezas clave del control biológico.
Este patrón no es nuevo: las cigüeñas y garzas pusieron freno a los cangrejos invasores en los humedales, mientras golondrinas y vencejos devoran mosquitos tigre por millones. Cada intrusión exótica desencadena, tras un periodo de adaptación, una respuesta natural que tiende a restaurar el equilibrio.
La historia de la avispa asiática y sus depredadores nativos deja dos enseñanzas claras:
La lucha contra la velutina ha demostrado que la solución no es un clic en un dispositivo, sino el potencial de la naturaleza misma. No podemos fingir que un problema global se resuelve sólo con productos químicos o apps de mensajería. A veces, el remedio está volando sobre nosotros, en forma de alas coloridas y garras decididas.
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