Alimentación ecológica 100 % circular: secretos de Ecogranja La Pradera para comer natural y sostenible

¿Sabes distinguir un auténtico producto ecológico? Te revelamos los sellos oficiales, tips de etiquetado y el modelo regenerativo de Ecogranja La Pradera para un consumo responsable

Imagina un mundo en el que cada bocado no solo alimenta tu cuerpo, sino que también regenera la tierra, purifica el agua y, de paso, te hace sentir un poco menos culpable por vivir en una sociedad hipermedicalizada y saturada de pesticidas. Así nos presenta Enedina González, responsable de desarrollo de negocio y estrategias de sostenibilidad en Ecogranja La Pradera, la cara amable de la alimentación ecológica en su intervención en el podcast Futuro Sostenible. Porque, admitámoslo, todos queremos comer “natural” sin que nos timen con etiquetas de conveniencia y marketinadas que brillan más que un vegetal recién cosechado.

Qué demonios significa ecológico

Que un alimento sea ecológico no es solo un capricho de hipsters con barba poblada y bolsas de tela; implica un riguroso proceso de producción:

  • Cero químicos,
  • Cero fertilizantes artificiales,
  • Ninguna modificación genética,
  • Respeto estricto a los ciclos naturales,
  • Y, claro, un sello oficial que lo certifique.

Enedina es tajante: “Hay productores que no son totalmente transparentes en su producción”. Traducido: podrías estar pagando el doble por un producto que, en realidad, no difiere mucho de uno convencional.

Para ilustrar el cuidado que exige este modelo, basta con asomarse a la rutina de las gallinas en La Pradera. Nada de jaulas infinitas ni piensos sospechosos. “Trabajamos con seres vivos que tienen requerimientos vitales como tú y yo. Necesitan mucha atención y mucha paz. Todos los días se abre la casita donde ellas viven, donde están protegidas de los depredadores. De noche salen a pastorear, toman sol, se bañan con arena, comen…”. Además, su dieta se compone de pienso ecológico y verduras de su propio huerto, también certificado.

La granja perfecta… casi circular

En 2022, Ecogranja La Pradera fue galardonada por BBVA como uno de los diez mejores productores sostenibles de España. Un título que, en teoría, uno cuelga en la estantería y ya está; pero a Enedina le gusta complicarse la vida cerrando círculos como si fuera un cinturón de castidad medioambiental.

“Somos cero desperdicio. Aparte de nuestro huerto ecológico, las gallinas y una granja de lombrices, estamos tratando de cerrar el círculo, ya que las lombrices comen los desperdicios del huerto –incluso el cartón reciclado que nosotros usamos para nuestros transportes–. También nos dan el humus con el que fertilizamos nuestro huerto, que es el mejor fertilizante del mundo”.

El plan maestro no se queda ahí: las lombrices, además, se alimentan de los excrementos de las gallinas, generando un ciclo virtuoso… y, ojo, están en proceso de producir su propio pienso para los animales. Como si la granja fuera un ecosistema autosuficiente sacado de un libro de permacultura, con la ventaja de que aquí no se requieren títulos universitarios para entender que reutilizar es mejor que comprar de más.

Distingue el “eco” de escaparate

Ante la avalancha de etiquetas y reclamos en el súper, Enedina aporta dos reglas de oro:

  1. Certificado oficial: en Europa existe un sello de producción ecológica que, más allá de una marca bonita, implica un compromiso legal.
  2. Lee la letra pequeña: ¿De dónde viene? ¿Quién lo produce? ¿Cómo lo produce? “El que quiere comer bien revisa lo que come”.

Sí, supone dedicarle tres segundos extra a girar el paquete. Pero si prefieres seguir comiendo a ciegas, siempre puedes conformarte con un brócoli que presume de bio sin serlo o un tomate que cruza medio planeta en avión antes de acabar en tu ensalada.

Bio, orgánico, sostenible: aclara el galimatías

Aquí se arma lío: “Lo bio puede ser ecológico, más no necesariamente sostenible. Lo sostenible puede ser muy sostenible y no tiene por qué ser ecológico ni bio”, aclara nuestra guía. Hagamos un pequeño glosario para entendernos:

  • Alimento sostenible: de proximidad, con prácticas amigables para el entorno y la sociedad, pero no exento de pesticidas.
  • Alimento ecológico: libre de químicos, sin ingeniería genética y avalado por un certificado oficial.
  • Alimento orgánico o bio: casi lo mismo que el ecológico, salvo que puede venir de un lugar remoto, con la huella de carbono de una gira mundial.

Así, un zumo “bio” importado en avión puede ser perfectamente menos respetuoso con el planeta que una humilde patata local cultivada sin pesticidas, pero sin sello de exportación de “bio” a secas.

El coste real de nuestra dieta

Si creías que tus excesos culinarios solo te pasaban factura a ti, piénsalo de nuevo: la producción industrial de alimentos es responsable de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera. Sí, un 33,3 % de esas nubes tóxicas que tanto odiamos en las noticias.

Por eso, las prácticas ecológicas regenerativas que propone Ecogranja La Pradera son vitales: “La tierra sufre menos, está menos desértica, menos tratada, menos llena de químicos, las aguas más limpias, lo que hace que todo crezca como normalmente debería crecer”.

Y, como guinda del pastel, el beneficio para nuestra salud. Porque esa zanahoria sin pesticidas no solo sabe más, sino que, según la propia Enedina, “para la salud es muy importante”. Volver al origen no es solo una pose culinaria, es reducir la carga tóxica que nos metemos en el cuerpo día tras día.

Más allá del plato: impacto social

El apoyo a la producción de proximidad no es un acto de caridad:

  • “Hemos podido emplear personas del pueblo”, afirma orgullosa Enedina.
  • Impulso al turismo local, porque nada atrae más que visitantes dispuestos a ver lombrices felices y gallinas al sol.
  • Un proyecto educativo que aspira a convertir la granja en el plató de los influencers del mañana: “Queremos, a través de la granja, educar y demostrar a las nuevas generaciones que es divertido y que si quieres ser ‘youtuber’ de granja, puedes serlo”.

Porque en la ultima instancia de la cadena productiva no solo estamos nosotros comiendo; también hay abuelos que no encuentran jóvenes en el campo, lombrices que sueñan con humus de primera y gallinas que prefieren arena antes que hormigón. Y si logramos que un niño pierda el miedo a una lombriz de tierra y acabe pidiendo “un poco más de sostenible” en la cena, ya habremos hecho medio mundo más habitable.

Antes de dejarte llevar por el eslogan de turno, recuerda enfundarte tu mirada crítica: comprueba el certificado, estudia la procedencia y date cuenta de que, en este juego, cada euro gastado puede ser un voto a favor de un planeta menos castigado. O no. Tú decides. Pero no digas que nadie te advirtió.

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