
Interpol retira la alerta roja contra Paul Watson, el activista que usó una bomba fétida contra balleneros japoneses. Paul Watson, el veterano ecologista de Sea Shepherd, queda libre tras años de persecución internacional.
Paul Watson, el hombre que convirtió el activismo medioambiental en una mezcla entre documental de National Geographic y serie de acción de los 90, ya no es buscado por Interpol. La organización internacional ha levantado la alerta roja que pendía sobre este veterano canadiense-estadounidense de 75 años, fundador de Sea Shepherd y azote de los balleneros desde hace décadas.
¿El motivo de la persecución internacional? Un episodio más digno de Jackass que de una corte penal: herir a un tripulante japonés con una bomba fétida. Sí, una bomba fétida. Aparentemente, la fragancia fue suficiente para que Japón lo acusara formalmente y lo metiera en la lista negra global, en lo que parece más una vendetta diplomática que una defensa del orden internacional.
«Paul Watson no cabe en las instituciones: usa bombas fétidas para defender ballenas.»
Desde hace diez años, Watson vive en Francia —quizás porque allí aún se aprecia un buen escándalo con mensaje ecologista—. Sin embargo, en un giro digno de Kafka con acento nórdico, acabó cinco meses detenido en Groenlandia por ese aviso rojo solicitado por Tokio. La historia tuvo otro giro en diciembre de 2024, cuando el Ministerio de Justicia de Dinamarca dijo “no, gracias” a la extradición, apelando al paso del tiempo: habían pasado 14 años desde los hechos imputados.
La ONG Sea Shepherd Francia reaccionó como era de esperar, declarando que la decisión de Interpol “pone fin a un intento injustificado de criminalización y reconoce lo que siempre hemos denunciado: una instrumentación de la justicia para proteger los intereses de los balleneros japoneses”.
«La decisión de Interpol pone fin a un intento injustificado de criminalización.»
Watson, que lleva más de medio siglo embarcado en guerras navales a favor de los océanos, no es precisamente nuevo en esto de las detenciones internacionales. En 2012 fue arrestado por Alemania a petición de Costa Rica. ¿La causa? Un altercado en 2002 con un barco en aguas de Guatemala, al que Sea Shepherd acusó de practicar cercenamiento de aletas de tiburón, esa entrañable práctica que combina crueldad con alta cocina.
La solicitud de extradición de San José quedó en nada, y en marzo de 2019 Costa Rica retiró todos los cargos. Otro capítulo cerrado de un activismo que ha cruzado todas las aguas posibles, entre la épica marina y el absurdo burocrático.
Watson es un personaje incómodo: no porque se equivoque en sus causas, sino porque su método no cabe en las instituciones. ¿Cómo encajas en una sala de juicios a alguien que usa bombas fétidas para defender ballenas? Su lucha es suya, pero los efectos son universales. El levantamiento de esta alerta roja no es solo una victoria personal, sino una pregunta abierta sobre cómo se criminaliza —o no— el activismo cuando molesta a gobiernos influyentes.
Porque cuando el mar está en llamas, algunos prefieren mirar para otro lado. Otros, como Watson, lanzan bombas apestosas.
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