
Shigeru Ban japonés que convierte tubos de cartón en arquitectura resistente, sostenible, social y poética. Una revolución silenciosa en la construcción moderna. Del refugio tras un terremoto a la catedral temporal: el cartón se vuelve arte en manos de Shigeru Ban. Así redefine la arquitectura social
Los tubos de cartón están en todos lados. En el rollo de papel higiénico, claro, pero también sosteniendo fuegos artificiales, envolviendo diplomas universitarios y haciendo girar enormes bobinas en fábricas de papel. Son el tipo de cosas que usamos y tiramos sin mirar dos veces. Y sin embargo, alguien los miró. Alguien los tomó en serio. Ese alguien es Shigeru Ban, el arquitecto japonés que decidió que el cartón no es un residuo, sino un recurso. Y de paso, le dio una lección de humildad a toda una industria.
Desde los años 50, los tubos de cartón se han usado en la construcción como moldes para columnas de hormigón. Nada muy poético. Pero en los últimos 20 años, este material —tan ordinario como barato— se ha convertido en la piedra angular de estructuras temporales y permanentes. Ligero, resistente, 100 % reciclable y sorprendentemente estable, el cartón ha pasado de envolver bobinas a envolver vidas humanas.
Aunque se los considera objetos básicos, los tubos de cartón son pequeñas hazañas de ingeniería. En contextos industriales, están diseñados con precisión milimétrica: su resistencia, rigidez, textura y adhesivos se eligen para cumplir funciones específicas. Algunos deben soportar enormes cargas sin vibrar mientras giran a toda velocidad en maquinaria que no perdona.
“Lo que para muchos es basura, para otros es estructura. Literalmente.”
En la arquitectura, sus ventajas van más allá del precio. La arquitecta Gabriela Barros, de la Universidad Municipal de São Caetano do Sul, lo resume con contundencia: el cartón no necesita cimientos robustos, lo que reduce costes y tiempos de construcción; se instala y desmonta sin mano de obra especializada; sus formas tubulares permiten integrar fácilmente sistemas eléctricos e hidráulicos y mejoran la eficiencia térmica y acústica.
En resumen: lo que para muchos es basura, para otros es estructura. Literalmente.
El pionero de esta revolución tranquila es Shigeru Ban, galardonado con el Premio Pritzker en 2014. Su obsesión con el cartón empezó en 1986, cuando empezó a experimentar con estructuras temporales hechas con tubos de papel. En 1989, su «cenador de papel» (Paper Arbor) marcó el primer uso estructural del material. Según sus pruebas de laboratorio, los tubos resistían 10 MPa a compresión y 15 MPa a flexión. Nada mal para algo que normalmente termina en la papelera.
Tras seis meses a la intemperie, desarmó el cenador para analizarlo y descubrió que los tubos eran más fuertes que al principio, porque el pegamento se había endurecido. Ironías de la física: la lluvia, en lugar de descomponer, consolidó.

En 1994, Ban propuso al ACNUR usar tubos de cartón en refugios temporales. Al año siguiente, tras el terremoto de Hanshin-Awaji, que dejó 310.000 personas sin hogar, Ban construyó la primera «Casa de troncos de papel» (Paper Log House) con tubos como paredes y cajas de cerveza con sacos de arena como base. Una estructura sencilla, barata y digna. Un diseño tan eficaz que se replicaría más adelante en Haití, Ruanda y Japón, cada vez que la tierra decidía recordarnos quién manda.
“Shigeru Ban demuestra que se puede construir belleza, resistencia y dignidad con lo que otros tiran.”
En 2013, tras el terremoto en Ya’an, China, Ban diseñó una escuela temporal de 6 x 21 metros, usando tubos de cartón, madera, ángulos metálicos y cables de acero. La forma tubular permitió crear un aula sin columnas. La construcción la levantaron voluntarios y estudiantes de Kioto. La resistencia se entrenó con cada temblor posterior.
No todo ha sido emergencia. Ban también ha explorado la belleza del cartón en espacios culturales. En la Expo 2000 en Hannover, Alemania, diseñó junto a Frei Otto un pabellón de papel reciclable. La envoltura usó una membrana sin PVC para que, al quemarse, no liberara dioxinas. Porque incluso el humo merece diseño consciente.
En 2011, tras el tsunami en Japón, Ban desarrolló compartimientos de cartón para garantizar privacidad en gimnasios y aulas reconvertidas en refugios. Con tubos, lienzos y clavos, levantó paredes en horas. Ese mismo año diseñó la Iglesia de cartón de Christchurch, Nueva Zelanda. Su vida útil: 50 años. Su misión: sustituir la catedral anglicana de 1864 hasta que vuelva a erigirse una permanente.
Las construcciones de Ban no son maquetas infladas. Han sido sometidas a rigurosas pruebas de seguridad, estabilidad y resistencia al fuego y a la humedad. La escuela en China sigue en pie más de 10 años después, habiendo sobrevivido varios terremotos. La Iglesia Católica de Takatori, construida en 1995, fue trasladada a Taiwán y aún sigue allí. Testimonios de que la fragilidad aparente del cartón es solo eso: aparente.
Aun así, su uso sigue siendo experimental. Hace falta más investigación, códigos técnicos y una voluntad institucional que mire más allá del hormigón. Mientras tanto, Ban sigue demostrando algo profundamente incómodo para muchos profesionales del sector: que se puede construir belleza, resistencia y dignidad con lo que otros tiran.
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