
España bate récords en turismo mientras la sostenibilidad se tambalea. ¿Hay salida para esta paradoja? ¿Es el turismo un salvavidas económico o un verdugo climático? Descubre el dilema detrás de los récords turísticos.
Si uno atiende solo a los datos, parecería que el turismo es la gallina de los huevos de oro reencarnada. Según el último informe de la Organización Mundial del Turismo (ONU), en 2023 ya se habían alcanzado los niveles de movilidad prepandémica. España, por supuesto, se ha subido al podio sin pestañear: 94 millones de turistas extranjeros visitaron el país en 2024, el doble de nuestra población. El gasto no se quedó atrás: 126.000 millones de euros, una cifra jamás alcanzada.
Y sin embargo, mientras los titulares celebran, el planeta se asfixia. Porque sí, el turismo no solo es víctima del calentamiento global, también es uno de sus agentes más activos.
Un estudio reciente publicado en Nature Communications no deja espacio a la duda: entre 2009 y 2019, las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas del turismo crecieron hasta representar el 8,8 % del total mundial. El podio de la culpa lo encabezan el transporte aéreo, el coche privado y los servicios públicos que acompañan a los viajes.
“El turismo debe dejar de ser una máquina de beneficios inmediatos y convertirse en un motor de transformación con conciencia ecológica.”
¿Y qué decir de la sobreexplotación de recursos? Nos hemos acostumbrado tanto a la postal de la playa masificada que ya ni sorprende. Pero si uno busca imágenes más absurdas —y trágicas—, basta con mirar al Everest convertido en primark alpino: colas de excursionistas como en la puerta de una tienda en rebajas, solo que a 8.000 metros de altura.
Aquí es donde entra el discurso esperanzador. No por ingenuidad, sino por necesidad. Porque si el turismo sigue devorando los entornos que lo sostienen, acabará en huelga de hambre.
Carlos Calderón, de la Universidad Politécnica de Madrid, lo resume así: “La clave está en el rediseño del producto turístico: sustituir volumen por valor, dispersar geográficamente a los visitantes, desestacionalizar la demanda e integrar los principios de gobernanza participativa y justicia social”.
Suena a utopía firmada en PowerPoint, pero ejemplos reales lo respaldan. Costa Rica ha demostrado que el ecoturismo rentable no es un oxímoron. Eslovenia, por su parte, ha implantado indicadores sostenibles con éxito internacional. ¿Y España? Atrapada todavía en el viejo modelo de sol, playa y aglomeración. Rentable, sí. Sostenible, no tanto.
El turismo necesita del medio ambiente como el vampiro de la sangre, solo que en este caso, si se le acaba el recurso, se le acaba el negocio.
Los fenómenos extremos ya lo están dejando claro. Huracanes arrasando el Caribe. La DANA que machacó Valencia en octubre. No es casualidad, es consecuencia. Y el aviso va también para los amantes de la nieve: un estudio publicado en Nature evaluó el impacto de un aumento de 2 ºC en la temperatura media del planeta. El resultado: más de la mitad de las 2.234 estaciones de esquí europeas analizadas estarían condenadas al cierre.
“Si seguimos explotando el entorno como hasta ahora, lo único que quedará por visitar serán ruinas… de nosotros mismos.”
Y con ellas, no solo se esfuman vacaciones con chocolatito caliente. También se tambalean deportes como el salto de esquí o el snowboard. El invierno como espectáculo también tiene fecha de caducidad.
Difícil hablar de turismo sin hablar de cómo se llega al destino. Y aquí, el transporte —sobre todo el aéreo— carga con parte del sambenito. La Agencia Europea de Seguridad Aérea lo deja claro: el 3,6 % de las emisiones totales de la UE provienen de la aviación.
Todo el mundo está de acuerdo en que hay que desarrollar combustibles más limpios, pero la transición avanza al ritmo de una maleta con ruedas rotas. Mientras tanto, algunos países se la juegan con medidas más drásticas: Francia prohibió vuelos cortos si hay alternativa ferroviaria razonable, y España dijo “yo también”, pero quedó en promesa electoral. Spoiler: la medida aún no se aplica de forma real.
Sí, pero con desigualdades por territorios. Calderón destaca a Euskadi, Navarra, Asturias o Canarias, con planes estratégicos de sostenibilidad turística que incluyen indicadores ambientales y sociales. También a Menorca, donde se apuesta por un turismo lento, astroturismo y la implicación de las cooperativas agrícolas. Una especie de slow food del turismo, pero sin que lo “slow” signifique decadente.
Otros ejemplos notables: la comarca del Berguedà en Cataluña, con un modelo de ecoturismo rural con protagonismo vecinal, y La Palma y Gijón, adscritos a la certificación Biosphere Destinations.
José Luis Sánchez Ollero, catedrático en la Universidad de Málaga, pone sobre la mesa el concepto que muchos políticos pronuncian sin saber muy bien qué significa: economía circular.
“Venimos de un modelo lineal —dice— donde se usaban recursos, muchos no renovables, y se generaban residuos que se tiraban sin más. En el último cuarto del siglo XX pasamos al reciclaje, pero ahora eso ya no basta”.
Hay que repensarlo todo. De verdad. Porque lo lineal ya no nos sirve. Y lo circular, aunque más difícil, es lo único que nos queda si queremos seguir viajando sin destruir lo que vinimos a ver.
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