
¿Qué está pasando en las ciudades más turísticas de España? Los locales están hartos, y la protesta antiturismo ha encontrado una forma tan inesperada como viral: pistolas de agua disparando contra turistas desprevenidos. Un gesto simbólico que refleja algo mucho más profundo.
En las calles de Barcelona, ya no basta con que los turistas caminen sin camiseta, se agolpen en masa en las Ramblas o encarezcan el precio del vermut hasta niveles bursátiles. Ahora también se mojan. Literalmente. La protesta contra el turismo masivo ha encontrado un símbolo tan infantil como agresivo: la pistola de agua. Dispara poco, pero salpica mucho. De sentido político, claro.
Las imágenes recorren el mundo: turistas mojados, caras de desconcierto, y un ejército de locales con cara de “hasta aquí hemos llegado”. ¿El contexto? España recibió en 2024 un total de 94 millones de turistas extranjeros. Y si creías que era cosa de verano, en los primeros cuatro meses del año ya se registraron 25,6 millones de visitantes, un 7,1% más que en el mismo período del año anterior. Más turistas que días.
Las postales no son sacadas de una película de Berlanga, aunque podrían: jóvenes con carteles que gritan “El turismo nos roba”, “Un turista más, un vecino menos”, mientras empuñan pistolas de plástico con agua. Un gesto teatral que es tan pacífico como simbólicamente violento. A falta de adoquines, buenas son las Nerf.
No hablamos de una anécdota local. Es un fenómeno continental, con réplicas en Portugal e Italia, pero en ningún lugar como en España, donde el turismo no solo forma parte del PIB, sino también del ADN económico. Y sin embargo, la paciencia parece tener fecha de caducidad.
Barcelona y Mallorca son las zonas cero de esta rabia social. ¿Por qué? Porque los locales denuncian que el turismo no solo trae ruido, colas y cruceristas con chanclas, sino también el éxodo de vecinos. Los alquileres se disparan, los barrios se vacían de vida auténtica y se llenan de terrazas para influencers. Las casas ya no son hogares, sino activos. Todo es Airbnb, menos la vida.
Los activistas se lo toman en serio. Han dejado pegatinas en hoteles, farolas y cafeterías gentrificadas, con el clásico eslogan en inglés que ya suena a mantra: “Tourist go home”. Más que una consigna, una súplica. O una amenaza disfrazada de cortesía internacional.

En una de las escenas más tensas, manifestantes rociaron a empleados de un gran albergue. Uno de ellos respondió escupiendo a sus atacantes antes de cerrar la puerta de un portazo. No hay heridos, pero sí mucho simbolismo: el enfrentamiento no es solo contra el turista, sino contra quienes viven de él. Contra el modelo económico entero.
Y es que el turismo se ha convertido en ese invitado incómodo que se quedó a dormir en el sofá… durante años. Las organizaciones antiturismo denuncian que el uso de viviendas para fines turísticos está expulsando inmuebles del mercado tradicional, lo que dispara el precio del alquiler y la compra. Es el capitalismo de plataforma, vestido de veraneo.
Las calles del sur de Europa están empezando a arder —aunque sea con agua— por algo más que el cambio climático. Miles de ciudadanos están diciendo “basta” al turismo masivo, con humo de colores, gritos, pancartas y una indignación que se puede oler en cada esquina. En Barcelona, epicentro del movimiento, se escuchaban consignas como “Sus vacaciones, mi miseria” o “Su codicia nos lleva a la ruina”.
Pero quizás el cartel más certero de todos es uno que parecía escrito con bilis lúcida: “El turismo de masas mata la ciudad”. Puede sonar exagerado. Pero basta pasear por Ciutat Vella para entender que no es poesía, sino diagnóstico.
Lo que empezó como una guerra de globos entre vecinos y turistas amenaza con convertirse en algo más complejo. El agua no duele, pero cala. Y lo que estos manifestantes están gritando, pistola en mano, es que no se puede vivir en un parque temático. Por muy rentable que sea.
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