
Durante años, las botellas de vidrio se han paseado por el altar de los productos eco con la frente en alto y la conciencia limpia. Representan el pasado virtuoso, el antes de la contaminación, cuando la leche te la dejaban en la puerta en un envase honesto, transparente, sin trampa ni cartón (bueno, sin plástico). Pero un estudio reciente publicado por la Agencia Francesa de Seguridad Alimentaria (ANSES) viene a romper ese espejismo a pedradas. Literalmente: los íconos verdes también escupen microplásticos, y en cantidades que hacen palidecer a sus odiados hermanos de plástico.
Según los resultados de la investigación, las botellas de vidrio contienen, en promedio, 100 partículas de microplásticos por litro, una cifra que es entre cinco y cincuenta veces mayor que la encontrada en botellas de plástico o latas metálicas. Repito: el supuesto envase noble, el de toda la vida, el que se lava y se reutiliza en sueños húmedos de activistas, lleva más plástico flotando en tu refresco que la botella PET que juraste nunca volver a tocar.
Y no es una suposición lanzada por algún tertuliano catastrofista: es ciencia. La investigación se propuso analizar «la cantidad de microplásticos en diferentes tipos de bebidas vendidas en Francia y examinar el impacto que pueden tener los distintos envases», según explicó Guillaume Duflos, director de investigación de ANSES, a la AFP.
Los investigadores analizaron refrescos, limonadas, té helado y cervezas. Y fue entonces cuando cayó el mito como una botella mal sellada: en el vidrio se encontraron las partículas de microplástico como quien encuentra goteras en un techo recién reformado.
La estudiante de doctorado Iseline Chaib, autora del estudio, lo dijo sin rodeos: esperaban el resultado opuesto. Pero no. Los datos gritan que el vidrio no es el ángel custodio que nos vendieron en los documentales de mediodía.
Y lo más curioso: el origen de la mayoría de las partículas no es el vidrio en sí, sino su tapa.
¿La culpable? La pintura. Esa capa inofensiva que recubre el exterior de las tapas de las botellas de vidrio, con sus logos artesanales y tipografía cursiva que promete tradición y autenticidad.
“Detectamos que, en el vidrio, las partículas tenían la misma forma, color y composición de polímero que la pintura en el exterior de las tapas que sellan las botellas de vidrio”, detalló el equipo de investigación.
¿La causa? “Pequeños arañazos, invisibles a simple vista”, provocados por la fricción entre las tapas al ser almacenadas. Es decir, hasta el roce entre las tapas nos está llenando la barriga de plástico. Una danza silenciosa y tóxica.
En contraste, el estudio también examinó otros líquidos y los resultados fueron menos alarmantes. En el agua, tanto natural como mineral, la cantidad de microplásticos era bajísima:
Lo mismo ocurrió con el vino, que apenas contenía partículas, incluso si venía en botella de vidrio con tapa. Aquí, el misterio se agudiza. Duflos lo admite sin adornos: “la razón de esta discrepancia aún debe ser explicada”. Es decir, ni ellos lo tienen claro. Pero el dato está ahí, crudo y sin aliño.
La ANSES se lava las manos, como cualquier buen organismo estatal: no hay todavía un “nivel de referencia” que indique cuándo estas cantidades de microplásticos son tóxicas, por lo tanto, no se puede afirmar si representan un riesgo para la salud. Un limbo científico que no tranquiliza a nadie.
Pero al menos proponen soluciones prácticas: limpiar las tapas con aire, agua y alcohol antes de sellar las botellas. Esta medida logró reducir la contaminación en un 60% durante las pruebas. O sea, se puede hacer. Solo falta que quieran.
Así que, la próxima vez que brindes con una cerveza artesanal en botella de vidrio, mientras te crees salvando al planeta, recuerda: estás bebiendo microplásticos con denominación de origen.
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