
España podría liderar la revolución agroalimentaria, pero sigue sin atraer capital riesgo especializado. El agrifoodtech español necesita inversión urgente para no quedarse atrás en innovación y competitividad.
La paradoja del campo español: potencia dormida en busca de inversión
En un mundo donde un buque encallado o una guerra remota puede dejar medio continente sin pan, el sector agroalimentario ha vuelto a ganarse el respeto de los gobiernos. Las recientes crisis —como la del cereal por la guerra en Ucrania— han demostrado que la alimentación ya no es solo cuestión de supermercados, sino de geopolítica dura y cruda. España, con su enorme potencial agroindustrial, podría liderar la independencia alimentaria europea, pero, como suele ocurrir, la realidad le pone un pie en el cuello.
En 2023, la industria agroalimentaria española aportó 119.140 millones de euros al PIB, lo que representa el 8,9% de la economía nacional, y generó 2,39 millones de empleos, es decir, el 11,3% del total. Pero el peso del sector va más allá de los números: es el pegamento que aún mantiene vivo a ese país llamado España vaciada.
Entre tanto, el ecosistema emprendedor empieza a mostrar músculo. Las startups del sector agrifoodtech brotan como espárragos en primavera, respaldadas por una industria que, al fin, empieza a escuchar y un entorno científico-técnico que lleva décadas sembrando. No en vano, España ocupa el quinto puesto en producción científica en Europa y el duodécimo a nivel mundial. Pero aquí viene la bofetada: sin inversión, no hay paraíso.
“Innovar en solitario es complejo, arriesgado y costoso en tiempo, recursos y capacidades.”
Según Crunchbase (2021), mientras que Estados Unidos o Israel invierten más de 680 euros por habitante en startups, España solo pone 50 euros, y eso sumando todos los sectores. En agrifoodtech, directamente, “no hay pan para tanto chorizo”.
Aunque el sector agroalimentario global vio caer la inversión un 56% entre 2022 y 2023, Europa aguantó el tipo y duplicó su participación en la inversión mundial en agrifoodtech: del 14% en 2020 al 32% en 2023, según el informe FoodTech in Europe 2024. Y mientras tanto, en España seguimos dando vueltas a la segmentación del ecosistema y a esa palabra tan nuestra: “pendiente”.
El reciente estudio de Swanlaab Venture Factory, titulado “Innovar para liderar: la gran oportunidad del Agrifood Tech en España”, resume esta situación con una mezcla de optimismo condicionado y golpe de realidad. España lo tiene todo: tecnología puntera, transferencia científica, talento joven y propiedad intelectual sólida. Todo, menos lo más importante: capital riesgo especializado.
Ese unicornio llamado venture capital agroalimentario podría ser el nexo entre laboratorios y tractores, entre patentes y supermercados. Pero como revela el estudio —basado en entrevistas a 40 directivos del sector—, en España “esta pieza sigue siendo escasa”, lo que convierte cada innovación en una carrera de obstáculos, tiempo y frustración.
“Innovar en solitario es complejo, arriesgado y costoso en tiempo, recursos y capacidades”, señala el informe. O lo que es lo mismo: si no te acompaña el dinero, la innovación no llega al plato.
“España lo tiene todo para liderar el agrifoodtech… menos el capital riesgo especializado.”
La buena noticia es que algo se está moviendo. Swanlaab ha lanzado Swanlaab Innvierte AgriFood Tech FCR, el primer fondo de capital riesgo en España exclusivamente enfocado en escalar tecnologías agroalimentarias. No es el maná, pero es un paso hacia ese Silicon Valley del campo con el que algunos sueñan.
En otros países europeos, fondos similares cuentan con apoyo directo del European Investment Fund (EIF). En España, la financiación combinada público-privada sigue siendo una asignatura para septiembre. Existen herramientas como INNVIERTE (CDTI) o Fond-ICO Global, pero el famoso “valle de la muerte” en el que mueren tantas startups sigue siendo más un desierto que un valle.
En cuanto al capital privado, los pocos LPs (inversores privados) que se atreven suelen ser corporaciones agroalimentarias o family offices con vínculos rurales. Pero todavía no hay masa crítica. Ni visión de largo plazo. Ni hambre suficiente.
El informe de Swanlaab lo deja claro: estamos en un momento clave para relanzar la industria agroalimentaria española. Entre el cambio climático, las exigencias de sostenibilidad y los retos regulatorios, el futuro del campo español se juega en los próximos cinco años. Y no con discursos, sino con inversión real.
Como resume el estudio:
“Necesitamos construir un tejido empresarial innovador que actúe como red de soporte a la industria agroalimentaria, vertebrando su desarrollo desde la base tecnológica, el conocimiento y el emprendimiento”.
Hasta entonces, seguiremos teniendo ciencia, tierra, talento y clima. Pero sin inversión especializada, España corre el riesgo de ser el país que pudo haber sido líder en alimentación del futuro… y se quedó en un buen aperitivo.
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