
¿Sabías que una pequeña fruta japonesa, el ume, impulsa la economía de Minabe y Tanabe y preserva la biodiversidad? Aprende sobre su legado sostenible y por qué está conquistando paladares en todo el mundo
En el sur de Japón, entre las colinas de Minabe y Tanabe, no se cultivan solo frutas. Aquí, cada flor de ume –ese árbol que muchos confunden con el ciruelo pero que, en realidad, está más cerca de ser un albaricoquero japonés con problemas de identidad– representa un legado de siglos de agricultura sostenible.
Este rincón de la prefectura de Wakayama tiene algo en común con las tendencias actuales que idealizan lo “eco-friendly” y lo “slow life”, pero sin necesidad de hashtags ni marketing. De hecho, llevan haciéndolo más de 400 años, mucho antes de que la palabra sostenibilidad fuera usada para vender mochilas hechas con botellas recicladas. Y no solo eso: la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) les dio la bendición oficial en 2015 al incluir este sistema agrícola en su lista de Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM). Todo esto mientras el resto del mundo se obsesiona con plantar aguacates y destrozar acuíferos.

Aunque el ume florece con un encanto que podría rivalizar con los famosos cerezos sakura, aquí no estamos solo para hacernos selfies frente a flores rosadas. La verdadera estrella es el fruto: una pequeña esfera ácida y rica en umami que los japoneses han convertido en todo tipo de delicias, desde umeshu (licor de ume) hasta mermeladas y el infame umeboshi, ese encurtido tan ácido que podría curar una resaca y de paso tu voluntad de vivir.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) les dio la bendición oficial en 2015 al incluir este sistema agrícola en su lista de Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM)
Por si esto fuera poco, el ume también está en auge fuera de Japón. En 2022, el San Francisco Chronicle reportó cómo California sucumbía al encanto de los productos con infusión de ume. Porque, claro, nada grita “alta gastronomía” como una fruta que lleva mil años acompañando al arroz en una lonchera japonesa.

De las 80.000 personas que viven en estas dos pequeñas ciudades, el 70% trabaja en algo relacionado con el ume. No es un mal porcentaje para una economía basada en una fruta que a veces es más salada que dulce. Aquí, los huertos de ume no están solos: forman parte de un ecosistema sostenible donde conviven bosques de robles, abejas trabajadoras y tradiciones que han sobrevivido a siglos de historia.
Los métodos agrícolas de esta región son una clase magistral en sostenibilidad agrícola antes de que supiéramos lo que significaba. ¿El truco? La convivencia. Los huertos de ume prosperan gracias a los bosques de robles ubame, que no solo sirven para fabricar un carbón vegetal famoso en todo Japón, sino que también estabilizan el terreno y actúan como un depósito de agua natural. El agua de la lluvia baja lentamente por las laderas, alimentando los huertos y garantizando que no todo se convierta en un desastre de erosión.
El ume no siempre fue tan popular. Llegó a Japón desde China hace entre 1.500 y 2.000 años, pero durante siglos fue un lujo reservado para la élite. No fue hasta el Período Edo (1603-1868) cuando el umeboshi empezó a aparecer en los platos de la población general.
¿Y por qué aquí, en Minabe y Tanabe? Simple: las laderas empinadas y el suelo fangoso de esta región no eran buenos para el arroz, el verdadero oro de la época. Así que, en un giro inesperado, el señor feudal Naotsugu Ando tuvo una idea brillante en 1620: “¿Y si plantamos ume y les cobramos impuestos en fruta en lugar de arroz?”. Fue el inicio de una locura nacional por el ume que, con el tiempo, consolidaría a Minabe y Tanabe como el epicentro del cultivo de esta fruta.
El sistema agrícola de Minabe y Tanabe no es solo una forma de cultivar frutas: es una lección de sostenibilidad, tradición y adaptación
Hoy, la variedad estrella es la Nanko ume, conocida por su piel fina y pulpa generosa. Representa el 83% de la producción local y en 2012 generó un valor de 94 millones de dólares. No está mal para algo que empezó como un plan B feudal.

Mientras la agricultura industrial sigue haciendo malabares entre pesticidas y monocultivos, Minabe y Tanabe han demostrado que el sentido común también puede ser rentable. Aquí, el cultivo de ume se basa en un método conocido como cultivo en césped: en lugar de dejar la tierra desnuda, permiten que crezca hierba bajo los árboles, lo que no solo ayuda a retener la humedad del suelo, sino que también reduce las plagas.
Y, por si fuera poco, las flores de ume y las hierbas atraen a las abejas. Esto es crucial, porque variedades como la Nanko no pueden polinizarse a sí mismas. No hay pesticidas durante la floración, porque nadie quiere arriesgarse a perder a los polinizadores. Un enfoque simple, efectivo y que haría que cualquier manual de agroecología llorara de emoción.
El sistema no solo beneficia a los agricultores: también es un paraíso para la fauna local. Aves como los gavilanes euroasiáticos o los azores del norte comparten el paisaje con especies raras como la salamandra de Mitsjama y el tritón de vientre de fuego japonés, criaturas que parecen salidas de un catálogo de biodiversidad imposible.

Sin embargo, no todo es perfecto en el paraíso del ume. Los agricultores locales enfrentan dos grandes problemas: el envejecimiento de la población rural y la occidentalización de las dietas japonesas, que está haciendo que los productos de ume pierdan terreno frente a opciones más globales.
Aquí es donde entra en juego la exportación. El ume tiene el potencial de conquistar mercados internacionales con su calidad y su sabor único. Pero la pregunta es: ¿logrará mantener su esencia sin convertirse en otro producto exótico más en los estantes de supermercados de lujo?
El sistema agrícola de Minabe y Tanabe no es solo una forma de cultivar frutas: es una lección de sostenibilidad, tradición y adaptación. En un mundo obsesionado con reinventar la rueda, este rincón de Japón demuestra que, a veces, lo más revolucionario es simplemente no estropear lo que ya funciona.
Así que, mientras el resto del planeta sigue debatiendo cómo equilibrar producción y medio ambiente, Minabe y Tanabe siguen a lo suyo: cultivando ume, cuidando su ecosistema y recordándonos que, en la agricultura –como en la vida–, menos es más.
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