
Retos de las ciudades sostenibles: consumo energético desbordado, desigualdad urbana y contaminación. Descubre por qué el sueño de la sostenibilidad urbana aún parece inalcanzable y qué podemos hacer al respecto
Desde que los políticos de medio mundo decidieron que salvar el planeta estaba en sus manos, las promesas de construir ciudades más inclusivas, resilientes y sostenibles no han parado de caer como confites. El Objetivo 11 de la Agenda 2030 suena bonito: «lograr que las ciudades sean más inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles«. Una frase cargada de buenas intenciones y, sin embargo, arrastrando consigo la pesada losa de la realidad. Porque, seamos sinceros, ¿quién está realmente preparado para hacer realidad estas promesas? En un mundo donde las urbes crecen como hongos, ¿quién tiene el coraje de detenerse y decir, esto no es sostenible?
Más de la mitad de la población mundial vive actualmente en ciudades, y para 2050, el 70% de los habitantes del planeta estarán amontonados en estos gigantescos hormigueros urbanos. Un dato que, de por sí, debería hacernos preguntarnos qué tipo de futuro nos estamos preparando para vivir. En 2022, la población mundial alcanzó los 8.000 millones de personas. De esos, 4.000 millones ya viven en zonas urbanas. En 2050, la cifra alcanzará los 7.000 millones. ¿Listos para la ola de urbanización? Pues no. Ni de lejos. El reto número uno es que más de 1.100 millones de personas actualmente viven en barrios marginales, y se espera que en los próximos 30 años esa cifra se duplique. El futuro de las ciudades no se dibuja con las promesas de progreso, sino con la sombra de la desigualdad y la pobreza.
¿Cuál es el panorama real que nos espera? Bien, resulta que las ciudades, aunque ocupan solo el 3% de la superficie terrestre, son responsables del 60-80% del consumo energético global y 75% de las emisiones de carbono. En otras palabras, las ciudades son como adolescentes desbocados con tarjetas de crédito. Piden lo que no pueden pagar y destruyen lo que tocan. Y claro, con ese modelo, la desigualdad va en aumento, la contaminación también, y la salud pública se desploma. Las emisiones de CO2 no son solo un problema para los que vivimos dentro de las grandes urbes, sino que la polvareda alcanza a las zonas rurales. ¿Quién lo diría? Los campos no se libran del humo de las ciudades.
Las ciudades representan entre el 60% y el 80% del consumo energético y el 75% de las emisiones de carbono
Más aún, las urbes son particularmente vulnerables a los efectos del cambio climático. Las olas de calor, las inundaciones, los huracanes, todo parece tener como destino final a las ciudades. El calor, el agua, el viento: todo golpea con una furia que las infraestructuras urbanas no saben gestionar. Mientras tanto, los barrios marginales siguen creciendo como parásitos urbanos, alimentados por la pobreza y la falta de planificación.
El crecimiento descontrolado y la expansión urbana sin ninguna estrategia de fondo ha dado lugar a monstruosidades arquitectónicas y sociales: barrios marginales desbordados, atascos imposibles, la proliferación de suburbios que son como manchas de petróleo en el mapa urbano. Si dejamos que las ciudades crezcan “orgánicamente” (o sea, sin control), el resultado será un colapso de proporciones bíblicas. Pero no se engañen, no se trata solo de construcciones de cartón y chatarra. La planificación urbanística, esa cosa aburrida que nadie quiere tocar, tiene que ser el motor de todo. «Es caro hacer ciudades sostenibles», dicen. No tanto como dejar que sigan creciendo sin control, eso seguro. El costo de un sistema de transporte público eficiente, por ejemplo, es alto. Pero no es tan alto como el coste que tiene tener barrios enteros sin acceso a transporte, o vivir en lugares donde caminar por la calle es un acto de valentía.

En 2022, solo la mitad de la población urbana mundial tenía acceso al transporte público. Y aunque en los últimos años ha aumentado el número de países con estrategias nacionales de reducción de riesgos de desastres, los barrios marginales siguen creciendo a un ritmo alarmante. Es decir, no es solo un problema de infraestructura, sino de desigualdad y acceso. Unos tienen metros y buses, y otros ni siquiera tienen aceras. No es solo un problema local; es una cuestión global.
La situación no va a mejorar si no se cambia la forma de gestionar las ciudades. En los próximos 30 años, se esperan 2.000 millones de personas más en ciudades en desarrollo. Si esto no se planifica adecuadamente, nos espera un futuro de caos social, estancamiento económico y catástrofes medioambientales. El crecimiento urbano descontrolado solo genera más pobreza y desigualdad. Las ciudades crecen, pero no lo hacen de forma inteligente. En Asia Central y Meridional viven 359 millones de personas en barrios marginales, en Asia Oriental y Sudoriental son 306 millones, y en África subsahariana son 230 millones. En conjunto, las tres regiones concentran el 85% de los habitantes de barrios marginales.
El crecimiento urbano descontrolado sigue siendo más rápido que el crecimiento poblacional, lo que aumenta la desigualdad
¿Y la sostenibilidad? Mientras el mundo sigue llenándose de cemento y asfalto, la idea de crear «ciudades sostenibles» suena cada vez más como un concepto de marketing. Porque, claro, el verdadero problema no es la falta de espacio para vivir o la contaminación, sino cómo hacemos que todo esto sea «sostenible». Y la respuesta es simple: hay que construir de manera que todos, ricos y pobres, puedan tener acceso a los servicios básicos. Que las viviendas sean asequibles, que el transporte público llegue a cada rincón de la ciudad, que los espacios verdes estén al alcance de todos. Pero claro, todo esto necesita dinero y, lo más importante, voluntad política. ¿Y eso qué es? Un concepto idealista que, a medida que pasa el tiempo, parece más lejano que el fin del mundo.
Entonces, ¿qué podemos hacer ante semejante panorama? ¿Nos resignamos y seguimos mirando a las ciudades crecer como monstruos insaciables? No. Se puede cambiar algo, aunque sea poco. Lo primero es participar activamente en la gestión de nuestra ciudad. Si no nos gusta el barrio en el que vivimos, si las calles no son seguras, si no hay suficiente transporte público o si el aire está irrespirable, la solución no es quedarse callado, sino exigir que se cambie la realidad. Hacer preguntas. ¿Hay suficientes espacios públicos? ¿Es seguro caminar por la calle? Si algo no funciona, hay que exigirlo. Porque al final del día, todo se reduce a esto: las ciudades son para las personas. No son para las empresas, ni para los políticos, ni para los especuladores inmobiliarios. Son para los que las habitamos, los que las sufrimos, los que las hacemos vivir.
En teoría, la Agenda 2030 establece metas muy claras: viviendas asequibles, transporte público eficiente, espacios verdes y, sobre todo, reducir las emisiones de carbono. Pero, si bien los ODS son un buen punto de partida, lo que realmente falta es una acción decidida y un liderazgo global que no se quede en palabras vacías. Las ciudades del futuro no pueden construirse sobre promesas. Tienen que ser construidas sobre cimientos sólidos, con políticas que realmente cambien la vida de la gente, no solo de los que ya tienen todo resuelto.
Si no actuamos ahora, las ciudades del futuro serán, en lugar de refugios de bienestar, fábricas de desigualdad y miseria.
Ver / Descargar: informe sobre los Objetivos de Desarrollo Dostenible en 2023
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