
AVISOS IGNORADOS Y TRAGEDIAS ANUNCIADAS: EL VERDADERO COSTE DEL ANTIALARMISMO
Parece el inicio de una de esas películas distópicas baratas (o caras) que se proyectan en bucle en la TV nocturna. Pero no, es la cruda realidad de una España empeñada en negar lo innegable, en arremeter contra quien se atreve a advertir de lo que se nos viene encima, y en hacer oídos sordos ante el desastre hasta que ya no hay forma de evitarlo.
El pasado viernes 25 de octubre, a las 11:17 de la mañana, J.J. González Alemán, físico y meteorólogo de la AEMET, decidió lanzar una advertencia en X (antiguamente conocido como Twitter) sobre la DANA que se esperaba en la península. “Puede ser histórica”, decía. ¿Respuesta de la masa digital? Una buena dosis de burlas y reproches: “Apocalíptico”, “Buf, como siempre, lo mismo que con los huracanes”, “Vamos a morir todos, sálvese quien pueda”. Cuatro días después, los mismos que se reían desde el confort de sus pantallas callaban frente a la brutal realidad. Cientos de muertos, pérdidas materiales que los más optimistas tacharían de incalculables, y un silencio elocuente sobre quién estaba en lo cierto y quién, a fin de cuentas, no tenía ni la menor idea de lo que estaba diciendo.
El antialarmismo en tiempos de emergencia no es novedad, ni mucho menos. Antes fue la pandemia, luego las DANAs, y mañana será otro desastre que, desde el sofá de nuestras casas, trataremos de racionalizar como un “exceso de alarma”. Lo cierto es que la creciente manía de desoír a los expertos va más allá de un simple escepticismo; es una especie de deporte nacional, un código de honor que mezcla algo de conspiranoia, mucha desinformación y una buena dosis de cinismo.
La realidad es tan dura como simple: el antialarmismo vende, pero cuesta vidas
Expertos como González Alemán comienzan a elegir el silencio, hartos de la agresión digital y el circo mediático que ensucia cualquier intento de advertencia. «Es que la realidad no cabe en las respuestas simplonas que el antialarmista medio exige», decía el físico en un medio hace unos días, evidenciando la situación con resignación. Y es cierto: los modelos climáticos, con su margen de incertidumbre, son una puerta abierta a la interpretación –y ahí es donde la turba digital mete baza, arremetiendo contra el científico en turno y sumando aplausos en redes mientras el desastre sigue su curso.
No estamos hablando solo de una tendencia en redes sociales; esta “moda” tiene consecuencias muy reales en la vida de los expertos, que ya dudan si hablar cuando saben que sus advertencias se verán envueltas en insultos y amenazas. Isabel Moreno, meteoróloga y autora de Cambio climático para principiantes, contaba cómo sus publicaciones en X sobre predicciones climáticas –frías, sin intenciones políticas– atraían a los negacionistas como moscas a la miel. Tras advertir que las lluvias parecían evitar España, los mensajes que recibió iban desde teorías sobre “chemtrails” hasta acusaciones de pertenecer a un supuesto complot global para controlar el clima.
Y esto no queda solo en teorías extravagantes; los políticos de turno se han sumado también a esta tendencia, encontrando en el antialarmismo un filón de votos. José Luis Martínez Almeida, alcalde de Madrid, es el ejemplo perfecto. En septiembre de 2023, advertía a los madrileños de unas posibles lluvias torrenciales. Su recomendación fue que se quedaran en casa ante el riesgo de inundaciones. ¿Qué sucedió? Las precipitaciones no fueron tan catastróficas como se esperaba en el centro de Madrid, pero sí en los alrededores. Aún así, Almeida quedó marcado con el sello de “alarmista”, y el episodio fue convertido en otro ejemplo de exageración por parte de las autoridades, obviando que la advertencia estaba más que justificada.
Lo que queda claro es que para algunos líderes políticos, es más fácil dejar que el público crea que nada pasa a admitir que la situación es grave. El alcalde fue criticado por actuar con previsión, y su ejemplo resuena en otros líderes que, ante el miedo a quedar como “exagerados”, prefieren no actuar a riesgo de dejar a sus ciudadanos desprotegidos. Porque si algo ha dejado claro la DANA, es que las decisiones políticas basadas en ciencia son fácilmente atacables si se cree que en un pequeño margen de error existe una mentira orquestada.
La crítica al alarmismo no es una respuesta espontánea y desinteresada. Muchos de estos ataques provienen de perfiles anónimos y bots, claramente organizados para inundar las redes de mensajes anticientíficos y teorías de la conspiración. “Suelen ser perfiles anónimos que siguen un mismo pack; no solo hablan de chemtrails, sino de la Agenda 2030 o de la pandemia como una conspiración”, comentaba Isabel Moreno, quien es consciente de que los ataques contra los científicos no son espontáneos. ¿Qué significa esto? Que se ha convertido en una campaña orquestada para sembrar dudas sobre el cambio climático y las decisiones políticas que podrían mitigarlo.
El problema no es que los expertos se equivoquen; es que en cuanto lo hacen, pierden toda credibilidad ante la turba antialarmista
Este escepticismo fabricado tiene un nombre: negacionismo climático, y su mensaje encuentra terreno fértil en algunos sectores políticos. Según el CIS, el 53,2% de los votantes de Vox no cree en el cambio climático. A un 32,5% de estos votantes no les preocupa en absoluto, y solo un 8,5% lo considera un tema urgente. En el caso de otros partidos, la proporción de preocupados es mucho mayor, pero la popularidad de Vox entre los negacionistas lo convierte en el estandarte del discurso antialarmista.
Victor Sánchez del Real, exdiputado por Vox, es un ejemplo reciente: ante la devastación de la DANA, aprovechó para quejarse de los mapas de calor, diciendo que “cuando pones todos los mapas en rojo permanentemente por ideología, no quedan colores para los riesgos reales”. Evidentemente, le es indiferente que los códigos de color sigan los estándares internacionales. Porque el problema aquí no es la precisión, sino desacreditar al experto, reforzar las dudas y ganar aplausos entre su público.
La negación del cambio climático no es una casualidad, es una reacción desesperada de quien no está dispuesto a ver lo evidente. La turba online, un ejército de perfiles anónimos, bots y cuentas manejadas por quien tiene algo que ganar sembrando el miedo al “alarmismo”, encuentra cada día más adeptos y más espacio en una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado cuando la ciencia habla de lo incómodo. El problema no es que los expertos se equivoquen; es que en cuanto lo hacen, pierden toda credibilidad ante la turba antialarmista.
Hoy, como sociedad, estamos eligiendo escuchar a aquellos que venden el mensaje más conveniente. Y esto no se queda en redes sociales, sino que afecta a la toma de decisiones a todos los niveles. La popularización del discurso antialarmista ha calado tan hondo que incluso los expertos piensan dos veces antes de hacer una advertencia, sabiendo que el ataque no tarda en llegar.
El pasado martes 29 octubre 2024, fallecieron cientos de personas en la Comunidad Valenciana y Albacete debido a la DANA. Y en la misma España que llora a sus muertos, la política sigue alimentando a las masas con discursos que desacreditan a los científicos, pintando sus advertencias como una cuestión de “alarmismo innecesario”. El problema no es solo que los políticos tomen decisiones mirando la popularidad en redes sociales; es que cada vez será más difícil poner en marcha un dispositivo de seguridad que alerte a la población si el mensaje antialarmista sigue ganando terreno.
La realidad es tan dura como simple: el antialarmismo vende, pero cuesta vidas. Y en una sociedad donde las decisiones políticas deberían basarse en ciencia, el miedo a las reacciones de una opinión pública desinformada está pesando cada vez más. ¿Hasta cuándo se seguirá mirando para otro lado mientras el mundo se ahoga?
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