
Golpes de calor, olas mortales y récords térmicos. España se enfría en las morgues mientras hierve en las calles
España lleva años calentándose como una paella al sol, pero junio de 2025 ha batido todos los récords térmicos como si fuera una final de Roland Garros: ha sido el mes de junio más cálido de la serie histórica, con una temperatura media de 23,6ºC, 3,5ºC por encima del periodo de referencia 1991-2020, según la AEMET. Este dato, que podría parecer una anécdota meteorológica, tiene detrás un balance mucho más oscuro: cuatro muertes confirmadas por calor, casi 200 fallecimientos estimados solo en la última semana de junio, y una estadística que pone los pelos como escarpias: 330 muertos en total en junio, lo que lo convierte en el tercer peor junio por muertes atribuibles al calor en la última década. Sólo 2022 logró superarlo, y no es un trofeo que nos interese recuperar.
Desde 1975, junio ha registrado únicamente 11 olas de calor. Lo raro se ha vuelto rutina. Lo excepcional, costumbre. Si esto no es una redefinición de “nueva normalidad”, poco nos falta.
La excepción se ha convertido en rutina: el calor extremo ya no es noticia, es parte del paisaje
Lo más perturbador de este relato no son los números, sino los nombres y las historias detrás. Una trabajadora de la limpieza de 51 años, un niño de dos, y dos hombres mayores —de 67 y 75 años— han muerto en estos últimos días por golpes de calor, como si fueran personajes secundarios en una distopía climática escrita por un guionista cruel y mediocre.
La historia más escalofriante (sí, el sarcasmo es inevitable) es la de la trabajadora del servicio de limpieza del centro de Barcelona. Estuvo trabajando entre las 14:30 y las 21:30 bajo un sol que derretía farolas. Se sintió mal, avisó, le dijeron que bebiera agua. Horas después, se desplomó en casa durante la cena. No pudieron reanimarla.
La empresa encargada, FCC, está siendo investigada por el Ayuntamiento de Barcelona, que ha reaccionado con medidas que llegan con el calor ya encima: pausas de hidratación de cinco minutos cada hora si se superan los 34°C, y suspensión de servicios si se alcanzan los 40°C, temperatura récord en la capital catalana el pasado 30 de julio. Parece una solución sensata. Lástima que venga después de una tragedia.
Y como si el guion insistiera en ser despiadado, otra barrendera ha sido hospitalizada por golpe de calor. Otros dos trabajadores de la misma empresa fueron ingresados el día anterior por el mismo motivo. No son estadísticas: son personas cayendo como fichas de dominó.
En Valls (Tarragona), el calor fue el cómplice involuntario de un error que destroza: un niño de dos años y medio murió tras pasar casi cuatro horas dentro de un coche al sol, porque su padre se fue a trabajar y olvidó que el pequeño iba en el asiento trasero.
A las horas centrales del día, en medio de la ola de calor, el coche se convirtió en una trampa mortal. Policía, bomberos y servicios médicos intentaron reanimarlo, sin éxito. Los Mossos d’Esquadra han abierto una investigación. El resultado, trágico, ya está escrito.
Este miércoles, siete comunidades autónomas estaban en aviso naranja por temperaturas máximas de hasta 43°C en el sur del país. El nivel naranja no es una alerta simpática: implica riesgo importante para la salud incluso durante actividades habituales, según el Ministerio de Transición Ecológica. No hace falta correr una maratón para que el cuerpo diga «hasta aquí hemos llegado».
Murieron trabajando, jugando o simplemente viviendo. No son cifras: son víctimas de un país que se cocina a fuego lento
Y eso fue justo lo que les ocurrió a dos hombres: uno de 67 años en Plasencia y otro de 75 en Córdoba. Uno murió por un golpe de calor. El otro, con patologías previas, cayó mientras disfrutaba de actividades al aire libre. Fue ingresado en la UCI del hospital Reina Sofía de Córdoba, pero no logró recuperarse.
En Huesca, un tercer hombre de 75 años fue encontrado muerto en una finca agrícola en Fraga. La Guardia Civil investiga si también fue víctima del calor, aunque ya se ha descartado que fuera un trabajador del campo. La muerte, en todo caso, no distingue entre ocio y labor.
No estamos ante una casualidad, ni siquiera una mala racha. Estamos asistiendo al ensayo general del futuro climático que se nos viene encima si no tomamos decisiones radicales. Porque si junio de 2025 ya habría sido cálido incluso como julio o agosto, como subraya la AEMET, ¿qué nos queda por ver en los meses que siguen?
No es solo el calor. Es la normalización de lo insostenible. Es mirar al cielo y no ver nubes, sino amenazas. Es la precariedad climática colándose en los trabajos, en las rutinas, en la infancia, en la vejez. Y todo esto sucede mientras seguimos encendiendo aires acondicionados como si fueran escudos mágicos, sin pensar en quién no tiene uno.
Quizá lo más peligroso de esta ola de calor no sea su duración ni su intensidad, sino la costumbre. La capacidad de convertir cifras dramáticas en ruido de fondo. Porque el calor mata, sí, pero lo hace despacio, en silencio, y con la complicidad de un sistema que aún no lo ve como lo que es: una emergencia.
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