
Hay algo casi poético —si uno tuviera un gusto particularmente oscuro— en el hecho de que un contaminante invisible, sin olor, esté provocando 70.000 muertes prematuras al año en Europa sin que apenas nos demos cuenta. Se llama ozono troposférico, aunque también le conocen como “ozono malo”, para distinguirlo de su primo estratosférico, ese que se supone que protege la vida en la Tierra. El primero, en cambio, nos la quita. Lentamente. Sin hacer ruido.
En Francia, al menos, ese ruido lo están empezando a escuchar.
París, Lyon y Marsella han activado en los últimos días protocolos de alerta. Las ciudades no solo han reducido la velocidad máxima en sus vías de entrada: directamente han restringido el acceso a los vehículos más contaminantes. El sistema Crit’Air —una pegatina que distingue qué coches pueden circular y cuáles no— se ha vuelto algo más que un adhesivo de postureo ecológico: ahora es un salvoconducto de movilidad.
La razón del pánico: niveles disparados de ozono. El miércoles, París rozó los 90 microgramos por metro cúbico (µg/m³) de este gas. Al mismo tiempo, las partículas PM2,5 triplicaban con creces (3,2 veces más) el valor de referencia anual de la OMS. El departamento de Bouches du Rhône, donde se ubica Marsella, activó el protocolo de alerta nivel 1. No solo se prohibieron vehículos; se limitaron actividades de construcción y uso de fertilizantes en agricultura. Y sí, hubo controles policiales reales, no solo tweets institucionales con emoticonos de hojas verdes.
La ola de calor ha hecho su parte. Francia ha sufrido el segundo junio más caluroso desde 1900. El martes se alcanzaron picos de 41 grados, y aunque la alerta roja ya ha sido levantada, hay 40 departamentos aún en alerta naranja. Este calor actúa como una especie de catalizador infernal para la formación del ozono malo, que surge cuando la luz solar reacciona con dióxido de nitrógeno (NO₂) y compuestos orgánicos volátiles, muchos de ellos procedentes de coches e industrias.
Y ahora el momento en que nos miramos al espejo…
Mientras en Francia los coches se paran, en España lo único que circula libremente es la desinformación. Bueno, y el tráfico, claro.
Aquí, con niveles similares de contaminación —especialmente en Madrid, Cataluña y Andalucía— lo único que ha hecho el Estado ha sido… informar. Es decir: mandar notificaciones que raramente llegan, salvo que uno tenga la previsión de inscribirse en alguna lista de alertas. Algo que, seamos sinceros, ni el 1% de la población hace.
Como resume con ironía afilada Miguel Ángel Ceballos, de Ecologistas en Acción:
“Mientras en Francia restringen el tráfico, en España no se está enterando nadie. Ni siquiera la información legal mínima se está cubriendo.”
El contraste es tan evidente que duele. Aquí, las autoridades autonómicas están obligadas por ley a advertir a las personas vulnerables —niños, embarazadas, personas mayores, enfermos respiratorios— cuando se prevé superar el umbral de contaminación. Pero, como señala Ceballos, eso “casi nunca ocurre”. Y cuando ocurre, el aviso es tan sutil que se pierde entre el ruido de notificaciones del móvil.
La respuesta corta: de todos. La larga: es un juego de ping-pong institucional. Desde el Ministerio para la Transición Ecológica aseguran que las competencias corresponden a comunidades y ayuntamientos. Estos, a su vez, alegan que el ozono es un contaminante de carácter transfronterizo (con partículas que incluso llegan del Sahara), por lo que necesitan apoyo estatal.
El resultado: la casa sin barrer.
Valladolid es la única ciudad que ha presentado un plan específico contra el ozono. El resto… ni siquiera ha intentado aparentar. Y mientras tanto, el Plan Nacional del Ozono 2025 sigue en espera. Lo anunció el Ministerio hace más de un año, se publicaron sus bases científicas en marzo de 2023, pero de su implementación no hay noticias.
El informe del CSIC —en el que participó Xavier Querol, referente en calidad del aire— deja poco lugar a dudas:
“Las mayores reducciones de O3 se han asociado a medidas sobre el tráfico rodado. Siguiendo al tráfico, el sector con mayor impacto es el marítimo.”
O sea, coches y barcos. Sorpresa.
Querol añade: “En Madrid, la fuente principal es el tráfico, que se está incrementando. En Barcelona, además del tráfico, están los cruceros. En Tarragona, el problema es el polígono petroquímico.”
Pero no es solo cuestión de fuentes contaminantes: también es cuestión de calor. Con las olas de calor, los niveles de ozono suben como la espuma. Francia lo sabe y actúa. España lo sabe y espera. ¿A qué? Nadie lo tiene claro.
El dato es brutal: 70.000 muertes prematuras al año en Europa por exposición al ozono troposférico, según la Agencia Europea de Medio Ambiente.
No son estadísticas sin rostro. Son infartos cerebrales, ataques de asma, enfermedades respiratorias que no deberían haber ocurrido. Son vidas perdidas por respirar lo que no deberían. Por vivir donde no deberían. Por confiar en que alguien, en alguna administración, se estaba ocupando de esto.
Pero no. Solo si tienes la aplicación, te has registrado en una lista de avisos, y eres lo suficientemente disciplinado como para leer boletines de calidad del aire, sabrás que quizás hoy no deberías salir a correr. Y aún así, probablemente lo harás, porque nadie lo dijo en las noticias.
Desde el Ayuntamiento de Madrid, una portavoz aclara con tono académico:
“El ozono es un contaminante secundario. Su carácter transfronterizo implica la necesidad de ejecutar planes a mayor escala geográfica.”
Traducido: “Esto es muy complicado, mejor que lo gestione otro.” Un clásico.
Mientras tanto, los ciudadanos —la mayoría— siguen respirando sin saber que lo que inhalan puede acabar en el hospital. La ignorancia es salud, pero solo si uno se fía de ese consuelo postmoderno.
Las alertas no llegan. Las medidas no se toman. Y el ozono sigue ahí, invisiblemente letal, extendiéndose por nuestras ciudades como una bruma tóxica que nadie se molesta en despejar.
No hay que imaginar un futuro distópico donde el aire sea venenoso. Ya está ocurriendo. Solo que, por ahora, todavía podemos abrir la ventana sin mascarilla. Aunque no deberíamos.
Imagen | NoName_13 en Pixabay
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