
PROMESAS VACÍAS O UNA ÚLTIMA LLAMADA A LA PAZ CON EL PLANETA EN LA CUMBRE POR LA BIODIVERSIDAD 2024
Imagínate que llegas a Cali para cubrir la COP16 y te das cuenta de que te rodean personas que creen estar salvando el mundo. La ciudad ha desplegado la alfombra verde para que ministros, jefes de Estado y expertos de más de 190 países hablen de biodiversidad, de especies que desaparecen y de espacios naturales que se esfuman. Mientras el calentamiento global copa titulares, el desplome de la biodiversidad parece el primo pobre de la crisis climática, esa causa que, como bien dice Juan Carlos del Olmo, secretario general de WWF, nunca ha tenido su propio «1,5 °C», un umbral de alarma mundial, un objetivo icónico que los gobiernos no puedan esquivar.
A nadie le resulta sexy hablar de biodiversidad. El cambio climático tiene su villano claro: el CO₂ y las emisiones. La biodiversidad, en cambio, es una difusa sopa de amenazas que incluyen desde especies que se extinguen hasta suelos que se degradan, pasando por ecosistemas que están a un paso de la desaparición. Y, si seguimos así, vamos a acabar dándole al planeta una poda digna de un jardinero enloquecido.
la naturaleza no ha logrado colarse en la agenda política con la urgencia que requiere
Esta semana en Cali, los asistentes a la COP16 se enfrentarán a un lema que suena casi místico: «paz con la naturaleza». Colombia, país anfitrión, lanza el mensaje, mientras la realidad es que estamos en una guerra abierta con el planeta. A Del Olmo, representante de WWF en la cumbre, le preocupa que “la naturaleza no ha logrado colarse en la agenda política con la urgencia que requiere». Lo cierto es que, sin esa paz, estamos firmando nuestra propia sentencia de muerte.
Nos guste o no, todo lo que nos mantiene vivos -el agua limpia, el aire respirable, los suelos fértiles- depende de la biodiversidad. Cuando insistimos en decir que el planeta está «en crisis», olvidamos algo fundamental: a la naturaleza le importamos un pepino, nos extinguiremos nosotros antes que ella. La pérdida de biodiversidad no es una tragedia para la Tierra; es nuestro final, no el de ella. Como bien dice Del Olmo, «toda nuestra sociedad depende de la naturaleza, incluso lo artificial proviene en mayor o menor medida de lo natural».
¿Y quién paga el desastre? Aquí entra en escena el «financiamiento verde», esa quimera que, como apunta Del Olmo, aún no llega a los 200 mil millones de dólares al año necesarios para que los países en desarrollo protejan su biodiversidad. Resulta paradójico que nos cueste tanto destinar recursos a aquello que nos sostiene. Si no conseguimos proteger estos recursos naturales básicos, el agua, la tierra, el aire, la medicina… prepárate para un futuro en el que el cambio climático será el menor de nuestros problemas.
Es tentador pensar que, en un mundo que parece dispuesto a autoinmolarse, hablar de paz con la naturaleza es un lujo utópico. Pero Colombia, con su historia de conflicto, se ha permitido soñar con ese lema para esta cumbre. En WWF, según Del Olmo, creen firmemente que proteger el medio ambiente no solo significa salvar a los pandas o a los linces. Significa, en realidad, reducir las desigualdades sociales y proteger los derechos humanos de aquellos que defienden la tierra en la primera línea de batalla, los mismos indígenas que llevan siglos cuidando de sus territorios sin esperar nada a cambio. Como bien subraya Del Olmo, esos conocimientos tradicionales son «una guía en tiempos oscuros».
Mientras aquí en Cali discuten sobre salvar la biodiversidad, en la Unión Europea damos pasos atrás: rebajamos la protección de especies como el lobo y frenamos la Ley de Deforestación Importada. Las buenas intenciones del Pacto Verde se han visto golpeadas, primero por el COVID-19, luego por la guerra en Ucrania, y ahora por una creciente presión de lobbies que no quieren renunciar a sus beneficios. La UE, que una vez fue pionera en la defensa del medio ambiente, ahora se arriesga a convertirse en un ejemplo de cómo el pragmatismo político puede aplastar las promesas verdes.
No podemos aferrarnos a estos triunfos aislados mientras ignoramos la continua destrucción de hábitats y ecosistemas.
Es fácil sentirse optimista cuando uno ve al lince ibérico dar pasos firmes hacia su recuperación. Hoy en España contamos con 2021 linces; en el año 2000, apenas quedaban cien. Un éxito, sin duda, pero no nos engañemos: mientras algunas especies recuperan terreno, la biodiversidad en su conjunto se sigue desplomando. En Europa, hemos perdido el 35% de la población de vertebrados desde 1970, y eso que los esfuerzos de conservación aquí han sido superiores a los del resto del mundo, donde el descenso llega a un 73%. No podemos aferrarnos a estos triunfos aislados mientras ignoramos la continua destrucción de hábitats y ecosistemas.
WWF insiste en que cada especie cuenta, por pequeña e insignificante que parezca. Perdemos una y se rompe un engranaje en la maquinaria de la vida. Y, tal vez, cuando los asistentes a esta COP16 vuelvan a casa, entenderán que la «paz con la naturaleza» no es un eslogan bonito. Es el único camino para evitar que el mundo que conocemos se convierta en un recuerdo borroso, un lugar que dejamos atrás porque nunca supimos cuánto dependíamos de él.
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