
MICROALGAS EN ACCIÓN: LA SOLUCIÓN VERDE PARA LAS CIUDADES CONTAMINADAS
Qué tienen en común una marquesina de autobús y una pócima de druida? Nada, salvo que ahora podrían salvarnos de morir sofocados por nuestra incapacidad de ponernos de acuerdo en algo tan sencillo como el aire que respiramos. La contaminación en las ciudades es un monstruo sin cara, ese verdugo silencioso al que cada alcalde promete vencer mientras inaugura más carreteras y estaciones de metro. Pero un grupo de científicos, mitad argentinos, mitad serbios, parece que se hartó de ver cómo la urbanización devora hasta la última hoja y se inventó una forma moderna de alquimia: los “árboles líquidos”.
Vamos a desglosar el asunto porque la idea, a primera vista, suena a broma de ciencia ficción. ¿Un árbol hecho de líquido? Sí, y no solo eso, sino que, según los ingeniosos creadores, una de estas estructuras puede hacer el trabajo de 20 árboles reales o de 200 metros cuadrados de césped. Una afirmación que parece sacada de un comercial de teletienda, pero que, en este caso, tiene el respaldo de la ciencia.
Nadie necesita un doctorado en química para saber que las ciudades están ahogadas en contaminación. Basta con vivir en una de esas metrópolis donde el aire es tan denso que al respirar se siente como masticar chicle. ¿Y por qué es tan difícil plantar árboles que absorban CO₂ y nos den un respiro? Porque las ciudades modernas han sido diseñadas para coches, edificios y, en el mejor de los casos, parques diminutos donde la vegetación se agita débilmente entre bancos y zonas de juego infantiles.
Según los desarrolladores de esta idea, las microalgas pueden capturar entre 10 y 50 veces más dióxido de carbono que los árboles convencionales
El problema es global: tráfico incesante, fábricas que escupen residuos como si fueran chimeneas medievales y calefacciones funcionando a todo trapo. El resultado es un aire que, en muchas urbes, parece más adecuado para una planta de acero que para un ser humano. Según la Organización Mundial de la Salud, nueve de cada diez personas en el mundo respiran aire que excede los límites de calidad recomendados. Las partículas finas, el dióxido de nitrógeno y otros gases venenosos hacen que el aire de las grandes urbes sea comparable al humo de cigarrillos.
Aquí entran los “árboles líquidos”, esos artefactos que se parecen más a una cabina futurista de bus que a un roble centenario. Pero su esencia está en lo que contienen: microalgas. Esas mismas criaturas microscópicas que, cuando no están invadiendo piscinas abandonadas o apareciendo en documentales marinos, son unas devoradoras de CO₂ mucho más eficientes que sus parientes gigantes y de madera. Según los desarrolladores de esta idea, las microalgas pueden capturar entre 10 y 50 veces más dióxido de carbono que los árboles convencionales.
El dispositivo en sí, conocido en su versión más célebre como LIQUID 3, es un fotobiorreactor que alberga 600 litros de agua donde flotan las algas. Está diseñado para trabajar en zonas donde la contaminación atmosférica tiene un festín diario. Si pensamos en Belgrado, una de las ciudades más contaminadas de Europa, no es coincidencia que este invento debutara en sus calles. Ahí, donde respirar es una hazaña, el LIQUID 3 absorbe CO₂ mientras lanza un guiño ecológico con un banco incorporado, cargadores solares y un sistema de iluminación nocturna. Lo que se dice un gadget multipropósito, como la navaja suiza de los dispositivos verdes.
La belleza de este sistema es que no necesita jardineros, solo un técnico que, cada mes y medio, se pase a recoger la biomasa que generan las algas, vaciarla y reponer el agua y los nutrientes. Esa biomasa, lejos de ser un residuo inútil, se puede utilizar como fertilizante. Aquí es donde el invento toma un cariz casi irónico: en un mundo que está acostumbrado a producir desperdicio por toneladas, estas algas también crean algo aprovechable.
El dispositivo en sí, conocido en su versión más célebre como LIQUID 3, es un fotobiorreactor que alberga 600 litros de agua donde flotan las algas
Pero, no nos engañemos, nadie pretende que los árboles líquidos sustituyan a los naturales. Sería tan absurdo como decir que una lámpara de neón es mejor que el sol. Estos dispositivos son parches, extensiones útiles que funcionan donde plantar un solo árbol se convierte en un proyecto urbanístico de proporciones bíblicas. En barrios donde el espacio está tan medido que la sombra de un árbol podría ser motivo de disputa vecinal, los fotobiorreactores tienen su razón de ser. Y para aquellos lugares donde la contaminación es tan alta que los árboles se marchitan antes de crecer, las microalgas resultan casi heroicas.
Antes de que nos dejemos llevar por el entusiasmo, hay que recordar que estos árboles líquidos no son un sustituto para revertir la emergencia climática. Como los coches eléctricos o las pajitas biodegradables, son medidas que suman, sí, pero que no reemplazan la necesidad de repensar por completo nuestras ciudades y nuestros hábitos. La idea de colocar estos dispositivos por todas partes y esperar que el problema de la contaminación se resuelva solo, es tan ingenua como pintar de verde las fachadas para que todo parezca más ecológico.
De cualquier forma, mientras el mundo se entretiene en conferencias de clima donde los líderes dicen estar comprometidos pero viajan en jets privados, al menos alguien en Argentina y Serbia ( y desde el 21/03/2024 en Pozuelo de Alarcón) ha decidido actuar. Si uno de estos dispositivos puede equivaler a 20 árboles y ocupar solo un par de metros cuadrados, es una señal de que las soluciones ingeniosas aún tienen cabida en una sociedad obsesionada con parches en lugar de cirugía.
Mientras tanto, los ciudadanos de Belgrado pueden sentarse en un banco bajo la luz suave del LIQUID 3, cargar sus teléfonos con energía solar y pensar que, al menos por un momento, la tecnología le ganó un round a la contaminación.
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