
En España, tenemos una habilidad especial para pintarnos como los reyes del mambo. Vamos por ahí hablando de un futuro verde y digital, pero la realidad es que, cuando llegue 2030, puede que no tengamos ni para cargar el móvil. Porque una cosa es llenar titulares con palabras bonitas como «renovables», «descarbonización» e «inteligencia artificial», y otra muy distinta es asegurarse de que la red eléctrica no colapse en pleno verano cuando todos enchufemos el aire acondicionado.
Ya sabemos que todo va a depender de la electricidad. Da igual si hablamos de los centros de procesamiento de datos, esos mamotretos de servidores que devoran energía como si no hubiera mañana, o de los coches eléctricos que tan de moda están. Todos esos juguetes digitales suenan muy bien, pero también significan una sola cosa: más demanda eléctrica. Así que, por muy visionarios que nos pongamos, el futuro va a necesitar algo más que buenos discursos.
España debería invertir más de 50.000 millones de euros en redes eléctricas para 2030
Los números ya nos están diciendo que España debería invertir más de 50.000 millones de euros en redes eléctricas para 2030. Pero claro, la pregunta es si de verdad estamos dispuestos a dejar de hacer lo de siempre – es decir, prometer mucho y hacer poco. Porque, si no lo hacemos, esos 160 gigavatios de potencia que podríamos generar con renovables van a quedarse en un simple sueño húmedo. Y ya sabemos lo que pasa cuando el tren pasa de largo: otros se suben y nosotros nos quedamos esperando en el andén, como siempre.
Veamos el ejemplo que más ilustra esta locura: Aragón, que va a tener una cantidad de centros de datos importante. Según Endesa, en esa región se ha concedido acceso a más de un gigavatio de potencia para estos centros. La broma es que eso es la misma cantidad de electricidad que demanda toda la comunidad en hora punta. Vamos, que cuando esos centros estén en marcha, Aragón va a necesitar el doble de electricidad. Y no olvidemos que hay un objetivo de cinco millones de coches eléctricos para 2030. Es decir, más puntos de recarga, más infraestructura, más de todo. ¿Y estamos preparados? No lo parece.
Lo más divertido es que hay más empresas que quieren pasarse a lo verde, pero para eso necesitan conectarse a la red, esa misma red que ya está al borde del colapso. Y aquí estamos, cruzando los dedos para que la inversión llegue antes de que todo explote.
Lo que está claro es que el sistema eléctrico es nuestra columna vertebral, y no solo para digitalizarnos, sino para sobrevivir a la transición energética. Pero no pensemos que esto es magia: la red española, aunque robusta, no es infinita. Según los expertos, las solicitudes de conexión ya están superando lo que la red puede manejar. Así que, si no invertimos esos 50.000 millones de euros en la próxima década, podemos olvidarnos de capturar ninguna «oportunidad empresarial». Adiós a la riqueza, al empleo, y a esa utopía eléctrica que nos prometen.
En Aragón se ha concedido acceso por más de un gigavatio de potencia a centros de datos, lo que doblará la demanda eléctrica en esa Comunidad Autónoma
Y no es solo España: si queremos que el resto de Europa siga nuestro ritmo, las inversiones en la UE deben llegar a 600.000 millones de euros. De lo contrario, seremos el hazmerreír del continente. Pero oye, eso sí, muy digitales y muy verdes en los carteles electorales.
Si algo puede detener este tren, además de la falta de inversión, es la palabra que todo el mundo odia: regulación. Los distribuidores eléctricos no solo necesitan más dinero, sino que también requieren agilización en los trámites. Porque aquí somos muy de poner palos en las ruedas: todo tiene que pasar por mil permisos y papeleo que se eternizan. Mientras otros países se adelantan, nosotros seguimos discutiendo si invertir el 0,13% del PIB en redes es demasiado o no. De chiste.
Nos guste o no, el mundo se está electrificando a pasos agigantados. Y si España quiere estar en la lista de invitados, más vale que dejemos de lado los trámites interminables y empecemos a gastar. Porque si no, en 2030, en lugar de hablar de futuro eléctrico, estaremos contando historias de lo que pudo haber sido y no fue.
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