
El planeta se va al garete. No lo digo yo, lo gritan los datos y los informes que tanto les gusta imprimir en papel reciclado a las grandes corporaciones. Esta vez, los gurús del cambio climático son Women Action Sustainability (WAS) y Schneider Electric, que en su flamante informe «Impacto sostenible: resiliencia mediante la adaptación climática» nos confirman lo que ya intuíamos: el cambio climático no es una amenaza lejana, es un apocalipsis en tiempo real que está haciendo tambalear las cadenas de suministro, derretir activos y secar la paciencia de los CEOs.
Un 40% de las empresas encuestadas ya ha desarrollado planes de adaptación climática. ¡Bravo! Ahora viene el chiste: solo un 6% de ellas ha implementado esas medidas. El resto, suponemos, está demasiado ocupado con sus informes de sostenibilidad y sus políticas de «carbono neutral» como para pasar de la teoría a la práctica. Y mientras tanto, un 30% de estas empresas ve cómo el cambio climático desbarata su cadena de suministro, y otro 28% reporta impactos directos en sus operaciones.
El cambio climático no es una amenaza lejana, es un apocalipsis en tiempo real que está haciendo tambalear las cadenas de suministro, derretir activos y secar la paciencia de los CEOs
Eso sí, cuando hay sequías, inundaciones u olas de calor que dejan fábricas bajo el agua o camiones atrapados en atascos infernales, las empresas nos recuerdan que “es un desafío global que debemos afrontar juntos”. Lo que no dicen es que el coste de ese desafío lo seguirán pagando los mismos de siempre: los consumidores y, cómo no, la Tierra.
Schneider Electric y WAS aseguran que la tecnología es clave para salvarnos. Aquí entra en escena la inteligencia artificial, como si fuera el Superman del siglo XXI. Con un poco de machine learning y unos cuantos satélites de alta gama, las empresas pueden predecir desastres climáticos, priorizar acciones y hasta generar alertas tempranas para salvar activos.
¿Suena impresionante? Claro que sí. Pero recordemos que esas mismas empresas no han logrado implementar el 94% de sus propios planes de adaptación. ¿Qué les hace pensar que un algoritmo será más eficiente que sus juntas directivas?
El caso de Ferrovial, que ha desarrollado la herramienta ADAPTARE con la Universidad de Cantabria, es un ejemplo paradigmático. Esta maravilla tecnológica analiza riesgos climáticos y propone medidas basadas en datos del IPCC y la Taxonomía de la UE. Hasta aquí todo bien. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿cuántas de esas propuestas realmente se llevan a cabo?
El informe también sugiere soluciones basadas en la naturaleza y herramientas de análisis de datos. ¿Soluciones basadas en la naturaleza? Vaya, qué irónico. Después de décadas destrozando ecosistemas, resulta que la clave es volver a abrazar a la madre naturaleza. Plantemos un bosque aquí, salvemos un humedal allá. Todo suena precioso hasta que te das cuenta de que muchas de estas soluciones son simples lavados de cara que maquillan el desastre ambiental mientras los beneficios siguen subiendo.
Mónica Chao, presidenta de WAS, asegura que “la adaptación se consolida como una tendencia clave”. Es decir, el cambio climático ya no es solo un problema ecológico; ahora es una tendencia, un producto más para vender.
Y hablando de dinero, los costes son astronómicos. Según la ONU, los fenómenos climáticos extremos han causado pérdidas de 4 billones de dólares en los últimos 50 años. Para paliar estos impactos, la industria asegura que los seguros climáticos son esenciales. El problema es que un 30% de las empresas no tiene cobertura porque evaluar riesgos climáticos es más difícil que encontrar ética en una petrolera.
Según la ONU, los fenómenos climáticos extremos han causado pérdidas de 4 billones de dólares en los últimos 50 años
Aquí entra el sector bancario como salvador. Women Action Sustainability pide a gritos apoyo financiero para que las empresas puedan implementar sus planes de adaptación. Pero no nos engañemos: los bancos no son ONGs. Ayudan si hay beneficios, y con la misma facilidad pueden apostar por industrias contaminantes si les resulta rentable.
Ana Peña, presidenta del Grupo de Cambio Climático de WAS, lo explica con cierta poesía: “Acelerar las estrategias de adaptación de las infraestructuras es crucial para garantizar su resiliencia”. Traducción: gastemos un pastizal en reforzar nuestras fábricas, puertos y carreteras para que puedan seguir funcionando mientras el mundo arde.
¿No es un poco absurdo? Las empresas invierten millones en adaptarse al cambio climático que ellas mismas han acelerado con décadas de contaminación. Y mientras tanto, las verdaderas soluciones, como reducir emisiones de manera drástica o transformar modelos de negocio, siguen siendo un tabú.
En el fondo, el cambio climático es un negocio más. Los informes, las herramientas tecnológicas, los seguros, las inversiones… todo está diseñado para mantener el status quo mientras se simula un esfuerzo heroico por salvar el planeta. Pero no nos engañemos: esta «resiliencia» no está diseñada para salvar a la humanidad ni al medio ambiente. Está diseñada para salvar el balance de resultados.
Quizá en unos años, cuando las olas de calor sean tan frecuentes como los emails de los lunes, nos demos cuenta de que no basta con adaptarse. Quizá entonces dejemos de hablar de tecnología y seguros y empecemos a hablar de cambiar radicalmente el sistema que nos ha traído hasta aquí.
Hasta entonces, seguiremos aplaudiendo informes llenos de buenas intenciones mientras el mundo se sigue quemando. Pero eso sí, con IA y datos en tiempo real. Porque, al fin y al cabo, no hay nada más humano que maquillar nuestra propia decadencia con tecnología y burocracia.
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