
Solo el 5% del calzado en España se reutiliza. El reciclaje de zapatos es un reto industrial y ecológico sin resolver. Zapatos y reciclaje: un laberinto técnico y normativo que pone en jaque a la industria española del calzado.
Mientras Europa aprieta el paso hacia una economía circular, el calzado español tropieza con su propio lastre. Cada año, en España, se consumen unas 130.000 toneladas de zapatos —sí, toneladas— y apenas se reutiliza un 5%. Un despropósito logístico, industrial y ecológico que, como tantos otros, no se ve ni se huele… pero está bajo nuestros pies.
En el corazón de Elda, Alicante, sobrevive lo que parece más un laboratorio secreto de ciencia ficción que una planta industrial. Una cubeta en forma de trapecio invertido, tubos, cintas transportadoras y trituradoras forman la única instalación en España dedicada a investigar cómo reciclar zapatos. Un proyecto de Inescop, el centro tecnológico del calzado, enclavado en uno de los epicentros zapateros del país.
“El calzado es un reto para químicos, ingenieros y biólogos”, resume Borja Mateu, agente de innovación del centro. Un zapato no es un objeto, es una amalgama: una veintena de componentes, desde tejidos y adhesivos hasta polímeros y metales. Si ya cuesta reciclar una simple botella de plástico, imaginar el proceso de reciclado de una bota es casi como desactivar una bomba con los ojos vendados.
“El zapato es una amalgama de tejidos, metales y adhesivos que complica su reciclaje más que cualquier envase doméstico.”
El problema no es menor. En 2023, España fue el vigésimo productor mundial de zapatos, con 80 millones de pares saliendo de sus fábricas. Importamos 315 millones de pares y exportamos 156 millones. Y cada español, según los cálculos, se calza 4,4 pares al año, de los que más del 95% acaba en vertederos o incineradoras. Sin tratamiento. Sin futuro.
Mateu lo dice sin adornos: “Ni siquiera hay un contenedor específico para recoger zapatos”. Y lo peor: no existe un sistema de reciclaje estructurado. La normativa medioambiental está en camino, sí, pero el real decreto sobre economía circular del calzado no verá la luz hasta 2026. Mientras tanto, seguimos echando zapatos al cubo de la basura con la misma naturalidad con la que cambiamos de zapatillas.
El reciclaje químico promete algo de redención: procesos como la desvulcanización del caucho o la desreticulación de la goma EVA pueden devolver materiales limpios a la industria. Pero antes hay que separar cada pieza como si fuera un puzzle de 500 piezas… todas negras. Ahí entra en juego la planta de Inescop, que desde 2019 experimenta con tecnología adaptada de la minería y el tratamiento de vidrio o cables.
El centro impulsa el ecodiseño, pero se topa con una industria fraccionada y precaria. “La del calzado es una industria de industrias”, explica Mateu. Pymes que fabrican partes, grandes marcas que ensamblan. Hablarles de reciclaje a quienes sobreviven mes a mes es como pedirle a un náufrago que recicle su chaleco salvavidas.
“Más del 95% del calzado consumido en España acaba en vertederos o incineradoras, sin gestión ni trazabilidad.”
Por ejemplo, unas simples chanclas hechas con caucho y PVC pueden ser un infierno técnico. “Si desvulcanizas el caucho, el PVC arde”. ¿Sencillo? Nada. ¿Urgente? Más que nunca.
Frente a esta montaña de residuos con cordones, empiezan a surgir estructuras como los SCRAP (sistemas de responsabilidad ampliada del productor). España ya tiene dos: Re-Viste (moda y calzado) y Gerescal, exclusivamente zapatero. Este último, impulsado por nueve grandes empresas, busca canalizar la recogida y gestión a través de ONGs como Cáritas o Humana, o puntos limpios.
Su director ejecutivo, Rafa Reolid, pone las cartas sobre la mesa: “El calzado no se puede meter en el mismo saco que el textil”. A partir de 2026, la normativa será más clara. De momento, la estrategia es híbrida: una parte irá a segunda mano, otra a regeneración energética (como combustible para cementeras), otra más a pirolización (sí, quemarlo a lo Breaking Bad) y lo que quede… al laboratorio de Inescop, donde aún se intenta industrializar un sistema viable.
La fantasía de fabricar nuevos zapatos con zapatos viejos existe, pero aún no se sostiene. Los materiales podrían acabar, más bien, en un mueble, un banco urbano o incluso en el asfalto. Y ya hay marcas que usan los restos triturados como decoración o pavimento para parques infantiles. No es el final ideal, pero al menos no es el vertedero.
Porque si no podemos ni reciclar lo que nos calza, ¿qué nos hace pensar que estamos preparados para salvar el planeta?
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