
El 85,8% de las empresas españolas ya aplican medidas de sostenibilidad… y están ganando con ello. Descubre cómo la sostenibilidad ambiental mejora reputación, reduce costes y abre puertas a nuevos mercados. ¿Tu empresa sigue fuera?
En una época donde el ecologismo ha pasado de pancarta callejera a eslogan corporativo, el último estudio del Observatorio de Competitividad Empresarial deja un mensaje claro: ser “verde” ya no es solo cuestión de conciencia, sino de conveniencia. El 85,8% de las empresas españolas que aplican medidas de sostenibilidad medioambiental afirman que obtienen beneficios por ello. No lo hacen, pues, por amor al planeta —al menos no exclusivamente—, sino porque les sale rentable.
De hecho, casi la mitad (49,6%) señala que estas políticas mejoran su marca, su reputación o incluso la fidelización y captación de clientes. Se acabó el tiempo del reciclaje como gesto simbólico; ahora forma parte del manual de supervivencia empresarial.
Este viraje se plasma con claridad en los datos: el 89,5% de las empresas en España ya han puesto en marcha medidas relacionadas con la sostenibilidad ambiental, o al menos tienen alguna forma de planificación en esa línea. Una cifra que suena a victoria, pero también recuerda que hay un 10,5% que sigue al margen, como si esto no fuera con ellos.
La sostenibilidad empresarial se ha convertido en un comodín que sirve para todo: desde la innovación hasta el marketing, pasando por la reducción de costes y el acceso a contratos públicos. Así lo interpreta José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España, quien proclama sin ambages que “las empresas españolas están demostrando un compromiso real con la sostenibilidad ambiental”. Y que, además, este compromiso genera valor económico y social, y fomenta el uso eficiente de recursos y la innovación en soluciones.
En resumen: más eficiencia, mejor imagen y clientes contentos. Nada mal para un conjunto de medidas que hace no tanto tiempo se consideraban una molestia burocrática.
La cosa cambia cuando se desmenuzan los datos por sectores. La construcción, por ejemplo, se muestra algo escéptica. En general, es el sector que menos beneficios percibe de sus políticas medioambientales. La excepción es el acceso a contratos públicos, donde un 25,0% de las empresas constructoras dice haber salido ganando, frente a sectores menos vinculados a la obra pública.
En el polo opuesto, las empresas de hostelería parecen haberle cogido el gusto a la etiqueta ecológica. Un 61,8% afirma que las medidas sostenibles mejoran su reputación y fidelización de clientes. Además, el 30,9% asegura que reducen costes y un 14,5% reconoce disfrutar de ventajas fiscales por ello. Si el turismo tiene futuro, parece que será envuelto en papel reciclado.
Por su parte, en el sector industrial, lo que más brilla es la innovación: un 27,0% de estas empresas afirma que las medidas medioambientales han servido de catalizador para nuevos productos o servicios.
Pero que nadie se engañe. Aunque la sostenibilidad ha calado en el discurso, los obstáculos siguen siendo numerosos. El principal enemigo no es el negacionismo climático, sino algo mucho más prosaico: el dinero. O más bien, la falta de incentivos económicos, señalada como barrera por el 39,3% de las empresas. A esto se suman la burocracia (36,8%) y el aumento de los costes (35,7%).
Y no es que falte voluntad, sino medios. Un 22,3% de las empresas lamenta no contar con personal especializado en sostenibilidad, y un 16,7% denuncia falta de formación en sus equipos. La incertidumbre sobre el retorno de inversión también pesa (27,6%), así como la coyuntura económica (24,2%), que ya sabemos que no siempre está para tirar cohetes, ni biodegradables.
Curiosamente, el tamaño de la empresa influye. Las pymes son las que más se quejan de la falta de incentivos: un 37,7% en el caso de las de menos de 10 trabajadores, 44,7% en el grupo de 10 a 49 empleados, y 44,3% entre las de 50 a 249. En cambio, las grandes, esas que tienen músculo financiero y gabinetes de RSC bien engrasados, solo se quejan un 24,3% de la escasez de estímulos.
Por sectores, los comercios son los más frustrados con los pocos incentivos (51,3%), mientras que el aumento de costes preocupa especialmente a la construcción (50,0%) y a la industria (44,9%). Y la coyuntura económica golpea con más fuerza a la industria (32,6%) que al resto.
Lejos de ser un adorno, la sostenibilidad medioambiental ya influye en las decisiones de inversión y financiación. Un 45,1% de las empresas declara tener en cuenta el impacto ambiental a la hora de invertir. En el 35,1% de los casos, los proyectos medioambientales tienen un peso importante. Y un 29,0% elige a sus financiadores también por su huella (o ausencia de ella) sobre el planeta.
La sostenibilidad también redefine la cadena de suministro. Más de la mitad (52,3%) incorpora productos sostenibles, y un 42,9% ya controla los impactos negativos en sus procesos. Además, el 40,4% de las empresas aplica criterios ambientales al seleccionar proveedores, y un 42,1% asegura que sus socios no causan daño ecológico. Por si fuera poco, un 37,9% ha incorporado criterios medioambientales en la promoción de productos. Ya no basta con vender: ahora también hay que predicar con el ejemplo.
Cuando se les pregunta por el futuro, las empresas lo tienen claro. Lo más importante será adaptarse a un consumo más responsable y a productos más sostenibles (58,8%). Le siguen la transición hacia una economía baja en emisiones (39,8%), el desarrollo de nuevos productos sostenibles (38,4%) y el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) (34,0%). Una lista que parece sacada de una convención de Naciones Unidas, pero que cada vez suena más en los consejos de administración.
Por último, hay una minoría resistente, un 10,5% de empresas que no ha movido un dedo en materia medioambiental. ¿Razones? La más repetida, en un 54,8% de los casos, es que no lo necesitan. Tan tranquilas. El resto se reparte entre los que echan de menos incentivos económicos (14,3%), los que ven demasiada burocracia (11,9%) y los que admiten que sus plantillas no tienen formación suficiente (11,9%).
Este retrato, extraído de una muestra de 400 empresas con al menos un asalariado, distribuidas por sectores y tamaños, nos deja una certeza incómoda pero reveladora: la sostenibilidad empresarial ha dejado de ser una opción ideológica para convertirse en una estrategia de negocio. Quien no lo vea, corre el riesgo de quedarse atrás. O lo que es peor: parecer antiguo. Y en un mundo donde la reputación vale más que el producto, eso sí que contamina.
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