
Si uno se asoma al monte en la Comunidad Valenciana y se deja guiar por el ojo —ese que aún no ha sido entrenado para distinguir pino carrasco de encina— puede llevarse una impresión curiosa: cada vez hay más verde. Más árboles. Más sombra. Más monte. Pero esa misma persona, al leer los titulares sobre desertificación, aridez y colapso climático, podría preguntarse si le están tomando el pelo. ¿Cómo puede un territorio estar reforestándose mientras se seca?
La pregunta no es de ignorantes, sino de personas con sentido común, que son justo las más proclives a la confusión cuando los datos parecen contradecir la intuición. Porque sí: la Comunidad Valenciana es más boscosa que hace veinte años, pero también más árida. Y lo uno no impide lo otro. Lo dicen los científicos, los datos y el monte que crece donde antes había bancales.
Vamos con los números, que son tan contundentes como la mirada de un agente medioambiental después de un botellón en un paraje natural. El Ministerio de Transición Ecológica ha publicado el Cuarto Inventario Forestal Nacional, y lo que arroja es un aluvión de árboles. En cifras redondas, la Comunidad Valenciana cuenta ahora con más de 330 millones de pies mayores (esto es, árboles crecidos), casi 594 millones de pies menores (los pequeños) y cerca de 35 millones de metros cúbicos de madera. Desde el último inventario, realizado entre 2005 y 2006, los incrementos han sido del 46% en árboles mayores, 73% en volumen de madera y 40% en árboles menores.
No es un error de conteo, ni una jugada del ministerio para maquillar la crisis climática. Es un fenómeno natural —o más bien, social—: el abandono de tierras de cultivo ha permitido que la vegetación se expanda por sí sola. Donde antes había olivos y almendros, ahora hay pinos.
Y no cualquier pino. El inventario señala que la especie dominante en esta colonización forestal es el pino carrasco (Pinus halepensis), que copa un 63% de la superficie forestal arbolada y representa aproximadamente el 55% de los pies mayores, el 65% del volumen con corteza y el 48% de los pies menores de la región. Es decir: tres de cada cinco árboles que ves en un paseo por el monte valenciano son pino carrasco. Y si no lo ves, lo hueles.
Fernando Pradells, ingeniero forestal y expresidente de la Plataforma Forestal Valenciana, no está exactamente celebrando. “Los datos son espectaculares”, admite, pero con la misma alegría con la que uno contempla un atasco desde la ventana del hospital. Lo que preocupa a Pradells no es que haya más árboles, sino cómo están creciendo: sin planificación, sin gestión, sin intervención humana más allá del abandono. Y eso convierte al bosque en un polvorín.
“Esto es como cuando echamos más leña a la chimenea: aumenta mucho la llama.”
— Fernando Pradells, ingeniero forestal
“El 70% de la madera muerta en los montes valencianos es de pino carrasco”, señala el inventario. Una especie que, además de colonizadora, es altamente inflamable. Cuando llega un incendio —y llegan—, la acumulación de madera seca actúa como gasolina. “Esto es como cuando echamos más leña a la chimenea: aumenta mucho la llama”, resume Pradells.
Esa idea romántica de que más árboles equivalen a mejor naturaleza se rompe cuando se entiende el contexto. Pradells lo dice claro: “Tenemos una ausencia total de cultura de gestión y aprovechamientos forestales”. Lo que debería ser una buena noticia —el regreso del bosque— se convierte, sin intervención humana, en una amenaza.
La solución que propone no es tecnológica ni futurista, sino una vuelta al pasado bien entendido: “Un mosaico de bosques y pequeños cultivos, con densidades óptimas y aprovechamientos de madera, ganado, colmenas…”. Es decir, un paisaje vivo y trabajado, no simplemente dejado a su suerte. Porque los montes vivos, dice, “cuestan más de arder”. Y la biodiversidad no nace de la densidad, sino del equilibrio.
Ahora bien, volvamos a la aparente contradicción. Porque mientras los árboles se multiplican, el suelo valenciano pierde humedad a pasos agigantados. El último estudio sobre desertificación en España, liderado por la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC, confirma que las zonas áridas han aumentado en 733 kilómetros cuadrados y las semiáridas en 7.209 kilómetros cuadrados en la última década. ¿Dónde? En lugares como Mutxamel, Elche, Callosa de Segura u Orihuela, que están viendo cómo desaparecen las tierras húmedas y cambia el paisaje a ojos vista.
Miguel Verdú, vicedirector del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), lo resume así: “La expansión de la masa forestal no es incompatible con la aridificación”. ¿Por qué? Porque el crecimiento de árboles responde al abandono rural, no al clima. Las plantas colonizan las tierras olvidadas, pero eso no significa que el suelo no se esté secando.
“La expansión de la masa forestal no es incompatible con la aridificación.”
— Miguel Verdú, investigador del CSIC
La desertificación avanza a distintas velocidades. El interior montañoso todavía aguanta, pero el litoral —especialmente en Alicante— ya muestra los efectos más dramáticos. Y aquí entra un factor decisivo: el régimen atmosférico del norte de África, cada vez más presente, con sus olas de calor, sus lluvias torrenciales y sus vientos secos.
La imagen final no es sencilla, pero es clara: más árboles no significa menos desierto. Uno puede caminar por un monte espeso, rodeado de pinos hasta la cintura, y estar parado sobre un suelo cada vez más árido, menos fértil, más erosionable. Porque la desertificación no se ve en las copas verdes, sino en la pérdida progresiva de la humedad del suelo, que afecta al subsuelo, a los acuíferos, a la agricultura y, por extensión, a nuestra vida futura.
En definitiva: no estamos ganando el bosque, lo estamos dejando crecer. Y en ese abandono hay tanto alivio como amenaza. El monte crece sin manos que lo cuiden, el suelo se seca sin ojos que lo vean, y entre ambos, nos quedamos nosotros, celebrando una buena noticia que, en realidad, es un aviso con forma de árbol.
Conclusión clara: sí, hay más árboles… pero no estamos salvados
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