
Dos árboles de 500 años sobrevivieron a la bomba atómica de Nagasaki y hoy son símbolo de resistencia y paz. Árboles milenarios vencieron al apocalipsis nuclear en Nagasaki. Su historia sigue viva ocho décadas después.
En un mundo donde las cosas frágiles se rompen y las fuertes también, hay excepciones que parecen arrancadas de un guion de Kurosawa reescrito por un jardinero zen con mala leche. Dos árboles de alcanfor, con unos quinientos años de edad y ubicados en el santuario Senno de Nagasaki, no solo sobrevivieron a una de las mayores barbaridades tecnológicas del siglo XX, sino que hoy siguen en pie. Quemados, agrietados, deshojados y declarados muertos… pero vivos. Más vivos que muchos de nosotros un lunes por la mañana.
El 9 de agosto de 1945 a las 11:02 de la mañana, el bombardero estadounidense B-29 dejó caer sobre Nagasaki un artefacto de 21 kilotones de TNT, apodado con ironía “Fat Man”. El resultado fue el infierno en la Tierra: entre 40.000 y 70.000 personas murieron al instante. Con el tiempo, el número total de víctimas ascendió a más de 195.000, si se cuentan los fallecimientos posteriores por heridas y radiación. La temperatura en el hipocentro osciló entre 3.000 y 4.000 grados Celsius, suficiente para borrar a cualquier ser vivo (y muerto) del mapa.
Uno pensaría que ningún organismo complejo podría salir de eso más que como ceniza flotante. Pero la realidad tiene su propio sentido del humor.
Los árboles estaban a unos 800 metros del epicentro y recibieron de lleno el abrazo ardiente de la explosión. Sus troncos quedaron carbonizados y abiertos como si los hubiese partido un rayo, perdieron absolutamente todas las hojas y la mayoría de sus ramas, y los vecinos los dieron por muertos. Una lógica deducción, claro.
“Todo el mundo los dio por muertos. Dos años después, empezaron a brotar pequeños brotes verdes.”
Pero dos años después, mientras Japón trataba de reinventarse entre ruinas, del corazón ennegrecido de aquellos troncos empezaron a brotar tímidos retoños verdes. Como si quisieran decir: «¿Eso era todo?». Hoy en día, sus copas se alzan majestuosas, de unos 40 por 25 metros de diámetro, con troncos de seis y ocho metros de circunferencia, alcanzando los 20 metros de altura. Nada mal para unos cadáveres.
El sacerdote principal del santuario, Katsunosuke Funamoto, recuerda: “Ambos fueron carbonizados y quedaron escindidos en la parte superior de sus troncos como resultado del bombardeo. Todo el mundo los dio por muertos”. Funamoto, testigo contemporáneo del milagro, muestra una fotografía antigua en la que los árboles aparecen como dos sombras retorcidas en un paisaje que parece diseñado por Goya tras una pesadilla.
El santuario Senno, fundado en el siglo XVII, está encaramado en una colina al norte de Nagasaki. El terreno montañoso y su ubicación costera, aunque no evitaron el desastre, sí limitaron su alcance geográfico. Aun así, uno de cada tres edificios de la ciudad fue destruido en una zona de 6,7 km².
“Hoy sus ramas se abrazan en una gran copa de 40 por 25 metros, símbolo de la resistencia después del horror.”
Del complejo original, sólo sobrevivió un pilar de piedra de un ‘torii’ (las puertas sagradas que marcan la entrada a los recintos sintoístas). Milagrosamente, resistió inclinado pero en pie, gracias a que estaba en paralelo a la onda expansiva. Hoy puede verse aún así, como si la piedra también quisiera inclinarse en reverencia a la tragedia.
Justo al cruzar ese torii y subir otro tramo de escaleras, los visitantes encuentran a los dos alcanforeros, abrazados por cuerdas ‘shimenawa’, símbolos de protección y sacralidad. Son los únicos testigos vivos que quedan de aquel día en el que la humanidad se superó a sí misma en destrucción.
El simbolismo no tardó en echar raíces. Los habitantes supervivientes eligieron a estos árboles no solo como emblemas de paz, sino como iconos de algo aún más raro: la posibilidad de florecer después del infierno. El Ayuntamiento de Nagasaki los ha reconocido recientemente como monumento natural de la ciudad, y no es para menos. En una época de memoria corta y titulares fugaces, dos árboles que sobrevivieron a una bomba nuclear siguen ahí, sin necesidad de notificaciones ni WiFi, recordándonos que la vida, a veces, se obstina.
Y cuando la vida se obstina, ni el apocalipsis tiene la última palabra.
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