
Un biobanco global guarda bacterias a -80 °C para proteger la salud del planeta y el futuro humano. ¿Salvar el mundo con caca congelada? Así funciona el arca global que almacena microbiotas.
Hay algo profundamente irónico en que, mientras la humanidad se entretiene destruyendo su biodiversidad a golpe de urbanismo, pesticidas y antibióticos, un grupo de científicos esté congelando cacas humanas a -80 °C para proteger lo que realmente importa: los microbios. Así nace Microbiota Vault, también llamado Arca de la Microbiota o Cámara de Seguridad de la Microbiota. Y no, no es una idea salida de una novela de ciencia ficción barata. Es real. Y tiene todo el sentido del mundo.
La iniciativa arrancó hace apenas cuatro años y ya ha recopilado más de 1 200 muestras fecales humanas y 190 de alimentos fermentados, como si fueran tesoros arqueológicos del intestino y la cocina ancestral. El proyecto se inspira, cómo no, en el famoso Banco Mundial de Semillas de Svalbard, ese búnker noruego que guarda las semillas del mundo por si la humanidad decide liarla del todo.
Las muestras congeladas provienen de colecciones ubicadas en Benín, Brasil, Etiopía, Ghana, Laos, Tailandia y Suiza, y se conservan en el Instituto de Microbiología Médica de la Universidad de Zúrich. ¿Por cuánto tiempo? Lo que haga falta. Aunque no se descarta trasladarlas a lugares aún más fríos, como Canadá, en una suerte de turismo polar para bacterias amenazadas.
«Somos más bacterias que humanos. Y las estamos extinguiendo sin darnos cuenta.»
El objetivo final no es modesto: almacenar 20 000 microbiotas de humanos, animales, plantas y ecosistemas al borde del colapso. Y no solo conservarlas, también secuenciar sus genomas y liberarlos en bases de datos abiertas para que cualquiera (con ética, se espera) pueda estudiarlos.
Mientras los pandas reciben titulares y campañas de adopción simbólica, los microbios –esos pequeños bichos que no podemos acariciar ni subir a Instagram– están sufriendo una extinción que ni se nota ni se llora.
Arqueas, bacterias, hongos, protozoos y virus han evolucionado durante millones de años en simbiosis con todo lo que vive. Su diversidad es clave para que los ecosistemas no se desmoronen como muebles del IKEA mal montados. Aun así, muchas especies siguen sin haberse cultivado jamás en laboratorio y sus genomas son tan desconocidos como los fondos del océano.
Y aquí es donde entra el drama: nuestras acciones están eliminando estos microbios a un ritmo inquietante. El cóctel letal incluye uso excesivo de antibióticos, cesáreas al alza, menos lactancia materna, alimentos ultraprocesados y el glorioso estrés urbano. Todo esto revienta el equilibrio de nuestros ecosistemas internos. Porque, sí, somos más bacterias que humanos.
Cuando se altera esa armonía bacteriana, aparece la temida disbiosis. La desaparición de especies como Bifidobacterium longum variedad infantis, Treponema succinifaciens o Helicobacter pylori se ha vinculado al aumento de enfermedades crónicas como alergias, diabetes o asma.
Y la cosa no se queda en el cuerpo humano. También estamos perdiendo microbios del suelo, esenciales para la resiliencia de ecosistemas terrestres y marinos. Ejemplos como Methanoflorens stordaliensis, que regula emisiones de metano en el permafrost, o las acinetobacterias, que participan en el ciclo del carbono, son prueba de que no estamos hablando de bichos inútiles. Su desaparición acelera el cambio climático. Sin exagerar.
En esta historia, los microbios no solo son víctimas: también son aliados. Algunos tratamientos médicos, como el trasplante fecal, están usando microbiomas con resultados prometedores. La idea de que un día una cápsula de caca pueda salvar vidas puede parecer grotesca, pero es científicamente sólida. Y más ecológica que muchas farmacéuticas.
También hay planes para aplicar estas maravillas microbianas a la agricultura sostenible y la conservación ambiental. O sea, microbios buenos que podrían hacer el trabajo que el ser humano lleva siglos estropeando.
Microbiota Vault es un proyecto internacional, privado y sin ánimo de lucro, que actúa según el protocolo de Nagoya. Esto significa que cada país o comunidad decide si comparte sus muestras o no. Nada de biopiratería, nada de colonialismo biológico versión 2.0.
Según la microbióloga María G. Domínguez-Bello y su equipo, se trata de un esfuerzo fundado en la equidad, el respeto a los pueblos indígenas y la colaboración científica internacional. No es solo almacenar bichos, es proteger conocimiento y memoria ancestral.
«Microbiota Vault es una arca sin banderas, pero con el potencial de salvar lo que ni siquiera vemos.»
Las discusiones y avances se presentan en congresos de la Red Mundial del Microbioma (GloMiNe), donde confluyen expertos en microbiología, bioinformática, ética, salud pública y antropología. Lo difícil, como siempre, es el dinero. La financiación pública suele brillar por su ausencia, y las donaciones privadas dependen del humor fiscal de turno o de la moda filantrópica del mes.
El proyecto encaja perfectamente con el enfoque One Health de la OMS: la salud de las personas, los animales y el medio ambiente está conectada. Algo que puede sonar a eslogan new age, pero que en realidad es pura lógica evolutiva.
Todavía no se sabe con certeza si las microbiotas congeladas podrán utilizarse en el futuro con fines terapéuticos o ecológicos. Tampoco tenemos la tecnología suficiente para hacerlo de forma segura. Pero conservarlas es un acto de fe científica. Una inversión para cuando sepamos cómo usarlas bien.
Microbiota Vault se suma a otras iniciativas como la Colección Española de Cultivos Tipo, el Banco Mundial de Semillas o la Conservación Global del Microbioma, con el objetivo común de evitar el saqueo biológico y proteger el patrimonio invisible de la humanidad.
En medio del desmoronamiento global –económico, ecológico y sanitario–, la existencia de una caja congelada llena de microorganismos puede parecer anecdótica o incluso ridícula. Pero no lo es. Es un acto radical de esperanza en medio del caos.
Conservar la biodiversidad microbiana no es solo para científicos con bata y tubos de ensayo. Es para todos. Porque entenderla, protegerla y utilizarla de forma responsable puede marcar la diferencia entre un futuro viable… o un planeta convertido en un desierto estéril, pero muy limpio.
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