
Un día más en la era del progreso: los océanos se calientan, los glaciares se derriten y los tiburones ballena —esas maravillas prehistóricas del mar— se enfrentan a un enemigo inesperado. Porque, ¿qué mejor símbolo del absurdo humano que un autobús gigante de carne blanda siendo atropellado por un carguero? Así lo confirma un reciente estudio publicado en Nature Climate Change, y la historia no pinta bien para el pez más grande del planeta.
Según Mark Erdmann, biólogo marino de Conservation International y coautor del estudio, el cambio climático está creando una nueva zona de peligro para los tiburones ballena. “Si seguimos con este frenesí de combustibles fósiles, no solo los océanos serán más cálidos que una sopa, sino que los encuentros fatales entre tiburones ballena y cargueros se dispararán”, explica. Traducción: los tiburones ballena, ya en peligro de extinción, están condenados a ser el equivalente marino de una liebre en la autopista.

El estudio es contundente. Tras rastrear a 348 tiburones ballena con satélites durante 15 años, los investigadores cruzaron esos datos con modelos climáticos y rutas marítimas. El resultado: un riesgo de colisión fatal que podría aumentar hasta un 43 % de aquí al 2100 si las emisiones de gases de efecto invernadero siguen descontroladas.
Un cuarto de los tiburones ballena monitoreados desaparecen en las rutas de tráfico marítimo: aplastados por cargueros que ni siquiera notan su presencia
¿Y por qué estos gigantes migran a las zonas de mayor tráfico marítimo? Fácil: buscan aguas más frías. Su hábitat natural, en aguas tropicales y templadas, se está volviendo demasiado cálido. Según el estudio, los tiburones ballena comenzarán a desplazarse hasta 1,000 kilómetros hacia los polos, dirigiéndose a zonas como la costa occidental de Estados Unidos, Sierra Leona y el Mar de China Oriental, que coinciden con las rutas marítimas más transitadas del planeta.
En términos simples, el cambio climático no solo les roba su hogar, sino que los empuja al matadero. Y, mientras tanto, los cargueros siguen cruzando el mar a velocidades asesinas, ajenos a las criaturas que aplastan bajo sus quillas.
Durante décadas, los científicos achacaron la drástica disminución de los tiburones ballena a la pesca intensiva, especialmente en los años 80 y 90. En esa época, su carne era conocida como “tiburón tofu” por su textura esponjosa y era muy valorada en algunos países asiáticos.
Sin embargo, la situación cambió a principios de los años 2000. Muchos países reconocieron el potencial de los tiburones ballena como imanes de ecoturismo y comenzaron a establecer normativas para protegerlos. Y funcionó: en Ningaloo, Australia, el turismo asociado a los tiburones ballena genera 19 millones de dólares anuales, mientras que en Isla Mujeres, México, la cifra asciende a 14 millones de dólares al año.
Si no frenamos el cambio climático y reducimos la velocidad de los barcos, los tiburones ballena podrían enfrentarse a un aumento del 43 % en colisiones fatales para 2100
Pero, pese a estas medidas, la población de tiburones ballena siguió disminuyendo. En 2022, una investigación liderada por Erdmann confirmó lo que muchos temían: las rutas de los tiburones ballena coinciden en un 92 % con las rutas marítimas, convirtiéndolos en víctimas silenciosas de los cargueros.
Los datos no mienten: un cuarto de los tiburones ballena monitoreados dejaron de transmitir señales en las zonas de mayor tráfico marítimo. Según Erdmann, es muy probable que sean arrollados por cargueros sin que nadie lo note. “Esos barcos son campos de fútbol flotantes que viajan a velocidades extremas. Es como si estuvieran segando tiburones ballena sin darse cuenta”, lamenta.

No todo está perdido. Erdmann señala que hay una solución evidente: reducir la velocidad de los barcos en zonas de alto riesgo. Ya se hace en Estados Unidos para proteger a las ballenas francas del Atlántico Norte: en ciertas épocas del año, los barcos de más de 20 metros deben limitar su velocidad a menos de 10 nudos (19 km/h). Este simple ajuste puede reducir las muertes de tiburones ballena en más del 50 %.
Además, pequeños cambios en las rutas de navegación, de apenas 10 o 15 kilómetros, también podrían marcar una gran diferencia. “Tenemos los datos y las herramientas para cambiar el rumbo. Lo único que falta es la voluntad de actuar”, asegura Erdmann.
Pero, como siempre, la solución depende de que gobiernos y empresas pongan el bien común por encima de los beneficios. Y ahí es donde la cosa se complica.
El destino de los tiburones ballena es un reflejo brutal de nuestra relación con el mundo natural. Creamos las condiciones que los empujan al borde de la extinción y, al mismo tiempo, nos aplaudimos a nosotros mismos por medidas de conservación que, en el mejor de los casos, son insuficientes.
Mientras tanto, estos gigantes lentos y mansos, que se alimentan pacíficamente de plancton cerca de la superficie, siguen siendo víctimas de un progreso que no sabe frenar. No es que los tiburones ballena sean demasiado lentos para adaptarse; es que nosotros somos demasiado rápidos destruyendo todo a nuestro paso.
¿Podremos frenar antes de que sea demasiado tarde? O, como suele pasar, ¿esperaremos hasta que los tiburones ballena solo existan en fotos antiguas, colgadas en museos como recordatorios de nuestra propia arrogancia?
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