
Agosto, calor de justicia, y en las terrazas de un pequeño pueblo no hay ni una mesa libre. Los camareros corren de un lado a otro mientras algunos clientes se levantan enfadados porque el menú ya no incluye su plato favorito: “Se acabó el pescado fresco esta mañana”, se disculpa el encargado, impotente ante la invasión de visitantes. En otro rincón del país, los residentes han comenzado a bloquear el acceso al paseo marítimo con sillas y sombrillas, hartos de no poder pasear por un espacio que parece más un mercadillo saturado que una playa. Y en las zonas de montaña, los senderos están atascados por excursionistas que dejan atrás montañas de basura, mientras los servicios de limpieza no dan abasto.
Esto no es una exageración; es España en pleno apogeo turístico, al borde del colapso, mientras afronta la llegada de casi 100 millones de visitantes extranjeros este año. Un fenómeno imparable, gestionado con parches y sin la planificación que un motor económico de tal magnitud exige.
Aquí no hay «turismofobia». Lo que hay es un hartazgo colectivo con un modelo turístico que ha mutado en un monstruo de proporciones épicas. Y si alguien sugiere que hay límites, se le tacha de antipatriota. Pero el concepto de «capacidad de carga» se hace cada vez más imprescindible. ¿Qué es eso? En resumen, un cálculo que determina cuántas personas puede soportar un lugar antes de que el entorno —y la paciencia de los locales— revienten por las costuras.
En agosto, una comunidad autónoma reportó un aumento del 55% en el uso de agua potable y un 20% más de urgencias hospitalarias, mientras el consumo de cerveza se disparó un 40%
Imaginemos un destino turístico como una fiesta en tu salón: si invitas a diez amigos, todo va bien. Si aparecen cincuenta desconocidos, te quedas sin cerveza, sin espacio para respirar y con una alfombra irrecuperable. En términos turísticos, es lo mismo. En agosto, una comunidad autónoma reportó un aumento del 55% en el uso de agua potable y un 20% más de urgencias hospitalarias. Mientras tanto, el consumo de cerveza se disparó un 40%, porque cuando todo falla, al menos el español bebe para olvidar. La «capacidad de carga» no es un número estático; depende de factores como la infraestructura, los recursos naturales y la densidad de población. Pero la idea básica es clara: no puedes inflar un globo hasta el infinito sin que explote.
Después del confinamiento, el mundo se lanzó a viajar como si fuera un derecho humano inalienable. El turismo de revancha, lo llaman, porque no hay nada más terapéutico que agotar recursos ajenos para curar tus traumas pandémicos. Pero este frenesí viajero no vino solo. Se subió a la ola de la gentrificación, con los pisos turísticos expulsando a los vecinos de sus barrios. Las calles de las ciudades más populares se convirtieron en parques temáticos donde el precio de un café rivaliza con el PIB de un país pequeño.
El problema no es que el turismo genere dinero; es que, en el proceso, devora todo lo que encuentra. Los trabajadores del sector, que sostienen esta maquinaria, a menudo no tienen ni dónde dormir porque los alquileres están fuera de su alcance. La precariedad laboral en el turismo es tan grotesca que algunos empleados tienen que recorrer kilómetros para encontrar alojamiento asequible, mientras atienden a clientes que pagan 500 euros por noche. Por no hablar del impacto ambiental: playas invadidas por basura, consumo de agua disparado y una huella de carbono que haría llorar a Greta Thunberg. Para muchos destinos, el turismo ha dejado de ser una bendición económica para convertirse en una industria hostil.
La Encuesta de Condiciones de Vida del INE nos regala una estadística reveladora: el 31,3% de los españoles no puede permitirse salir de vacaciones ni una semana al año.
El turismo genera el 13% del PIB y del empleo en España, pero los costes —colapso de infraestructuras, deterioro ambiental y pérdida de calidad de vida— los paga la mayoría
Así que mientras algunos protestan porque los turistas saturan sus ciudades, otros ni siquiera pueden soñar con ser turistas. Es la España invisible, la que no aparece en los titulares de récords turísticos. Este dato desnuda una contradicción brutal: vivimos de una industria que enriquece al país, pero margina a una parte importante de su población. Y todo esto ocurre mientras las políticas públicas se centran en maximizar el flujo de visitantes sin preocuparse demasiado por cómo afecta a quienes viven aquí.
El turismo genera el 13% del PIB y del empleo en España. Es un motor económico, sí, pero está gripado. Los beneficios se concentran en unas pocas manos, mientras que los costes —colapso de infraestructuras, deterioro ambiental, pérdida de calidad de vida— los paga la mayoría. Lo más desesperante es que seguimos sin un plan serio para gestionar esta industria. No hay una mesa permanente donde se sienten todos los actores: empresarios, trabajadores, vecinos y administraciones públicas. Seguimos improvisando como si esto fuera sostenible a largo plazo. El resultado es un modelo turístico que, como un coche mal mantenido, corre el riesgo de quedarse tirado en cualquier momento. Y cuando eso pase, no habrá pancartas suficientes para tapar el desastre.
La respuesta no es menos turismo, sino mejor turismo. Planificar, regular y redistribuir son palabras clave que parecen asustar a los responsables políticos. Pero si no empezamos a aplicar el sentido común, la «turismofobia» será lo de menos. Lo que nos preocupará será la «turismo-muerte»: un modelo que se destruye a sí mismo por insostenible. Mientras tanto, en algún pueblo de España, el hielo volverá a escasear el próximo verano. Y los vecinos, cansados de ser los figurantes de un parque temático que no pidieron, seguirán saliendo a las calles, pancarta en mano, preguntándose si hay alguien al volante de esta montaña rusa.
Porque no se trata de odiar al turismo, sino de no dejar que nos devore. ¿O es que vamos a esperar a que desaparezcan los gin-tonics para hacer algo al respecto?
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