
De la posguerra al ecourbanismo: conoce al “abuelo de los tejados verdes” y al autor de Huertopías en una azotea que ya produjo 80 kg de patatas y cultiva futuro.
Bajemos de la nube retórica y subamos a una azotea: allí donde Joan Carulla —Juneda, 1923—, apodado sin remilgos “el abuelo de los tejados verdes”, se enfrenta cada primavera al ladrillo y demuestra que las ciudades no están condenadas a la severidad urbana. A su lado, José Luis Fernández Casadevante “Kois” —Madrid, 1978—, sociólogo y gurú de la soberanía alimentaria, examina con ojo crítico el presente ecosocial al ritmo de las hojas de patata. Uno, con 102 años recién cumplidos, cincuenta de siembra clandestina (o no tanto) en lo alto de un quinto piso; el otro, fruto de otro tiempo, cincuenta años más joven, pero igual de convencido de que sembrar es un acto tan político como poético. Ambos conversan en un estupendo artículo de EL MUNDO, del que nos hacemos eco.
El escenario: una alfombra interminable de solanáceas, matizada por tubérculos blancos y rojos capaces de sumar hasta 80 kg en cada cosecha; un oasis contrastando con el hormigón circundante que, medio siglo atrás, resultaba excéntrico. Hoy nadie se extraña de que un abuelo centenario respire el aroma a campo desde la azotea, pero hace cincuenta años lo suyo era casi un sacrilegio. “anticipación social”, “nutrición racional del futuro” y un “sentido universal del bien” eran conceptos apenas susurrados en la revista del Gremio de Alimentación de Barcelona. Hoy, se publican en un solo volumen de 80 000 palabras bajo el título Generadors d’amor, legado de un hombre que prefirió convertirse en “generador de amor” desde la infancia —quizá esa sea la clave de su longevidad—.
“La cosecha más importante es el intercambio de vibraciones con las plantas.”
Kois, que hace tiempo hace del ecourbanismo su bandera con Huertopías (Capitán Swing), reconoce que el reencuentro con Carulla fue un “viaje en el tiempo, hacia el pasado y hacia el futuro”, un espejo donde ver que la “experiencia excéntrica” de un sesentón de los sesenta es hoy el manual de cabecera de quienes reclaman la transición ecosocial en las ciudades. Y no es casualidad: la azotea de Carulla llegó a albergar hasta 40 árboles frutales, muchos de ellos yertos víctima del cambio climático; un presagio de los desafíos que ahora todos, de París a Nueva York, comienzan a afrontar con huertos urbanos, bosques comestibles y zonas de cultivo en espacios otrora dedicados al coche.
Lo que escribo yo en Huertopías son tus ideas expresadas de otro modo, confiesa Kois, contagiado por la lucidez de su anfitrión, intensas y muy contrastadas, perfectas para un libro de texto que necesita la gente joven.
Tras cincuenta años de teoría y práctica, Joan acaba de ver compilados esos artículos primigenios en Generadors d’amor. Jordi Miralles, biólogo y ex presidente de la Fundación Terra, fue quien tradujo en 80 000 palabras la sabiduría de un hombre que quiso legar al mundo no un tratado de agricultura urbana, sino la firme convicción de que “la cosecha más valiosa es el intercambio de vibraciones con las plantas”. Tanto que Joan desea que su libro sea el obsequio en su funeral —una despedida sin flores, pero con libros—.
Pilar Sampietro, coautora de La ciudad comestible y quince años al frente de Vida verde / Vida verda en Radio 4, fue la artífice de este encuentro generacional. “Sentí al oírles hablar” —recuerda— que, aunque separados por medio siglo, comparten esa misma conexión visceral con la tierra. Y no se equivocaba: ambos afirman que los huertos urbanos brotan en tiempos de crisis. En la posguerra, inmigrantes del campo como Carulla levantaron huertos junto a la Sagrada Familia; hoy, en medio de la crisis ecosocial, la agricultura urbana no sólo alimenta cuerpos, sino esperanzas.
“Los huertos dan de comer durante las crisis, pero, más importante aún, mantienen la esperanza.”
Los huertos dan de comer durante las crisis, pero, más importante aún, mantienen la esperanza. Necesitamos un ecologismo social que comprenda que la crisis ambiental y la socioeconómica no son compartimentos estancos, sino eslabones de una misma cadena.
Esa es la tesis central de Huertopías: la agricultura urbana como pieza clave de la “caja de herramientas del ecourbanismo”. No se trata de un capricho ni de un hobby para influencers verdes; es una estrategia indispensable para adaptar la planificación urbana al cambio climático. Proyectos comunitarios —semillas que encierran la posibilidad de ser árboles— deben escalar, llegar a barrios con menos recursos y recibir el impulso de las políticas públicas.
Mientras tanto, en la azotea de Joan, supervisada por su hijo Toni, se ha vuelto a cosechar: casi 80 kg de patatas blancas y rojas. El abuelo, ajeno a las modas, sigue fiel a su lema: “La cosecha más importante es el intercambio de vibraciones con las plantas”. Y mientras el mundo debate sobre si plantar un árbol es suficiente para salvarnos, Joan y Kois —102 y 47 años, separados por medio siglo de historia— demuestran que, a cinco pisos de altura, cada patata arrancada es un acto de resistencia y un puñetazo al desencanto.
La revolución silenciosa sigue su curso. En cada calle, en cada hueco, late un huerto dispuesto a florecer. La mejor semilla es la que plantamos juntos.
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