
Barcelona, la ciudad de los contrastes, lo hizo de nuevo. Nos venden la bicicleta como la salvación de nuestras almas contaminadas, como si por cada pedalada pudiéramos absolvernos de décadas de abusos automovilísticos y calentamiento global. Llegó AMBici, el sistema de bicicletas compartidas en el área metropolitana, como si su luz verde pudiera opacar el humo negro de los tubos de escape que sigue saturando la atmósfera.
Pero seamos justos: el proyecto tiene su mérito, aunque detrás de toda esa narrativa sostenible no podemos ignorar las contradicciones que el progreso siempre nos regala con un lacito verde.
Desde 2023, AMBici desplegó más de 500 bicicletas eléctricas distribuidas en 55 estaciones de seis municipios del área metropolitana: Cornellà de Llobregat, Esplugues de Llobregat, el Prat de Llobregat, Sant Boi de Llobregat, Sant Joan Despí y Sant Just Desvern. Para este recién acabado 2024, el sistema ya debería contar con 2.600 bicicletas eléctricas y 236 estaciones, con el ambicioso propósito de abarcar 15 municipios metropolitanos.
Estas bicis modelo e-smart 2.0 prometen una experiencia de usuario “confortable”. Y sí, confortables son: 100% eléctricas, con sistemas antivandálicos y cargadas de tecnología que incluye geoposicionamiento. Vamos, que parecen diseñadas más para Instagram que para salvar el planeta.
La mitad de las estaciones serán energéticamente autónomas, gracias a placas fotovoltaicas, mientras que las otras contarán con puntos de recarga eléctrica. Todo muy limpio y sostenible. Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿de dónde viene esa energía eléctrica? ¿Es tan verde como nos la pintan o seguimos dependiendo del carbón y las centrales nucleares?
La idea de cambiar coches por bicicletas tiene datos que suenan como música ambiental en una cafetería hipster: un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) concluye que sustituir los coches por bicicletas compartidas podría evitar hasta 73 muertes al año en Europa debido a la contaminación. ¿Y qué tal el ahorro? Más de 200 millones de euros anuales.
Sí, 200 millones. Pero antes de que nos felicitemos a nosotros mismos por estos hipotéticos logros, vale la pena preguntarnos: ¿cuántos usuarios de verdad abandonarán su coche por una bici eléctrica? Porque, aunque los números suenan espectaculares, siempre hay una distancia entre lo que proyectan los estudios y lo que pasa en la vida real, donde las cuestas empinadas y el mal tiempo siguen siendo el terror de cualquier ciclista.
Desde el AMB (Área Metropolitana de Barcelona) insisten en que AMBici no viene a sustituir al transporte público, sino a complementarlo. “La bici llega donde no puedes hacerlo en autobús o a pie”, señalaba Joan Maria Bigas, director de Movilidad, Transporte y Sostenibilidad del AMB. Suena lógico, pero esa lógica se tambalea si miramos cómo funcionan los sistemas de transporte intermodales en otras ciudades.
¿De verdad habrá integración eficiente con el metro, tranvía o los ferrocarriles? Habrá siete estaciones de transferencia entre AMBici y Bicing, el sistema de bicis compartidas de la ciudad de Barcelona. Pero la pregunta clave es si este «matrimonio» entre dos sistemas no acabará siendo como esas parejas que comparten el alquiler, pero no el amor.
En 2024, las tarifas de AMBici están diseñadas para adaptarse a distintas necesidades de movilidad:
Este abanico de opciones permite a los usuarios elegir el plan que mejor se adapta a su movilidad. Sin embargo, surge la pregunta: con el tiempo y los costes de mantenimiento, ¿podrán estas tarifas mantenerse accesibles para todos?
Nota importante: el uso de la app sigue siendo gratuito, pero para los más tradicionales, la tarjeta física cuesta 6 €, lo que parece una estrategia para fomentar el uso digital más que una alternativa real.
El lanzamiento de AMBici forma parte del Plan Metropolitano de Movilidad Urbana (PMMU) 2019-2024 y está cofinanciado con siete millones de euros del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, alias los fondos Next Generation.
No hay duda de que la sostenibilidad es una prioridad en estos tiempos. Pero, ¿es AMBici un cambio estructural o simplemente un parche más? Porque una cosa es incorporar bicicletas eléctricas y otra muy distinta es cambiar la mentalidad de los ciudadanos que siguen viendo el coche como un símbolo de libertad.
AMBici es un paso en la dirección correcta, pero no es una varita mágica. ¿Queremos salvar el planeta? Genial, pero no nos engañemos: esto requerirá mucho más que pedalear. Hace falta un cambio cultural que desafíe la comodidad de nuestras rutinas y nos haga replantearnos cómo nos movemos, cómo consumimos y cómo vivimos.
La bicicleta eléctrica es una gran idea, pero mientras las ciudades sigan diseñadas para los coches, mientras la producción de energía no sea realmente verde y mientras las políticas sostenibles sean vistas como una estrategia de marketing más que como un compromiso real, AMBici será solo eso: una buena idea que pedalea contra un viento de hipocresía.
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