
El poder del Chief Sustainability Officer: así ganan terreno en la alta dirección las estrategias sostenibles. Cada vez más empresas integran a sus directores de sostenibilidad en la alta dirección. El 35% de las cotizadas en España ya lo hacen. Te contamos cómo evoluciona este perfil clave en la estrategia empresarial y qué pasa con el término ESG
“El 35% de las cotizadas ya considera al director de sostenibilidad parte de la alta dirección”. Así lo confirman los últimos informes de gobierno corporativo de 2024. Una frase que podría sonar rotunda si no fuera por ese 65% restante que todavía mantiene a estos perfiles orbitando como satélites fuera del núcleo de poder empresarial. Aun así, es un avance: hace dos años eran solo el 28%. No es un salto olímpico, pero sí uno visible, al menos en los PowerPoint.
La figura del Chief Sustainability Officer (CSO) ha dejado de ser ese cargo con nombre anglosajón y despacho secundario. Ahora está ganando sitio —y voz— en la cúspide empresarial, donde se mezclan los balances contables con las curvas de emisiones de CO₂. Solo en el S&P 500, la evolución ha sido de manual de autoayuda corporativa: en 2014 solo 90 empresas tenían un CSO; en 2024, el 52% del S&P 500 y del FTSE 100 ya lo han subido a la alta dirección, diez puntos más que el año pasado. Es decir, la sostenibilidad, por fin, se sienta en la mesa grande… aunque a veces le toque la silla más coja.
En nuestro mercado, el progreso tiene el ritmo parsimonioso del pasodoble. El 35% de las empresas cotizadas españolas afirman que su responsable de sostenibilidad forma parte de la alta dirección. Una cifra que crece con dignidad —siete puntos en dos años—, aunque lejos de la velocidad de crucero que exigen los informes climáticos.
En el Ibex, la cifra es más optimista: 17 de las 35 empresas (el 48,5%) han incluido al CSO en la primera línea ejecutiva. Y lo han hecho con toda la variedad de nombres que ofrece el mundo corporativo: desde directores de transición energética hasta responsables de economía baja en carbono. En total, 23 altos cargos del Ibex están ya relacionados directamente con la sostenibilidad. En las firmas de mediana y pequeña capitalización la implantación es más tímida: algo más del 21% ha integrado a estos perfiles en la dirección.
Lo interesante es cómo estos cargos se entrelazan cada vez más con funciones financieras. Acciona es un buen ejemplo de esta fusión entre ética ecológica y cálculo financiero. Desde 2021, integró la gestión de sostenibilidad en su Dirección Económico-Financiera, dirigida por José Entrecanales Carrión. El mensaje era claro: lo verde se mide con la misma seriedad que los números. Incluso su filial Acciona Energía tiene un Chief Financial and Sustainability Officer (CFSO), Raimundo Fernández-Cuesta, al más puro estilo de Wall Street pero con acento renovable.
Fluidra sigue el mismo guion: su CFSO, Javier Tintoré, forma parte de la alta dirección. En ACS, la sostenibilidad se mezcla con las operaciones en manos de Cristina Aldamíz-Echevarría. En Sacyr, es Marta Gil de la Hoz —directora general de Estrategia, Innovación y Sostenibilidad— quien lidera este enfoque integrado.
La banca tampoco se queda atrás. En BBVA, la sostenibilidad se conecta con la banca corporativa e inversión: Javier Rodríguez Soler es el global head of sustainability and corporate & investment banking. En Unicaja, Francisco Javier Pérez Gavilán asume el binomio riesgo de crédito + ESG.
Y la lista sigue: Reyes Cerezo, en Ence; Raquel Bueno, en Metrovacesa; y Antón Pipaon, en Tubos Reunidos. Todos ellos llevan la palabra “sostenibilidad” en su título y el peso del futuro ecológico de sus empresas en la agenda del lunes por la mañana.
Pero no todo es alegría verde. En Estados Unidos, la palabra “ESG” empieza a sonar a viejo vinilo rayado. Según un estudio de The Conference Board, la proporción de empresas del S&P 100 que usaban “ESG” en los títulos de sus informes de sostenibilidad ha caído del 40% en 2023 al 25% en 2024. Este año, con casi la mitad de las empresas habiendo presentado sus informes, solo el 6% ha usado el término. ¿El motivo? El miedo al backlash político y mediático. Mejor cambiar la etiqueta, aunque el contenido sea el mismo.
“Muchas empresas están adaptando la terminología en respuesta a la creciente reacción negativa”, señala el estudio. Se sigue haciendo lo mismo, pero se le llama de otra forma. Es como vender tofu con pinta de hamburguesa: se consume más si no lo llamas por su nombre.
Eso sí, que nadie piense que la sostenibilidad ha pasado de moda. Al contrario: el 87% de las empresas del S&P 500 mantiene sus objetivos climáticos. Lo que sí se está moviendo —como quien aplaza el gimnasio al lunes siguiente— son las fechas límite. El año promedio para alcanzar los objetivos climáticos ha pasado de 2030 a 2035. Cinco años más para seguir emitiendo… o para afinar la estrategia.
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