
Hidráulica y mareomotriz: la paradoja de la energía del agua
Cuando se habla de energía renovable, lo primero que salta a la cabeza es que no está hecha para dejar a nadie contento. Y en este caso, la energía del agua —hidráulica, mini hidráulica, mareomotriz— viene a recordarnos que por mucho que intentemos ser sostenibles, siempre nos falta algo. Porque claro, el agua, esa misma de la que algunos se quejan porque les llega a deshora o les falta en verano, es también uno de los elementos clave para crear electricidad. Sin carbón, sin quemar petróleo, sin desplumar el planeta. Pero, ojo, que no todo es tan puro y cristalino.
Según el World Energy Outlook de 2005, la energía hidroeléctrica va a seguir mandando como fuente limpia de producción durante los próximos 30 años de este siglo. Pero, ¿cuánto de eso es optimismo y cuánto simple resignación? Porque la realidad es que, en los países de la OCDE, ya no queda mucho río que represar, ni torrente que convertir en energía. Aun así, insisten en que el crecimiento alcanzará un 1,8% entre 2003 y 2030, lo cual suena casi a milagro en una tierra donde ya hemos tocado casi cada charco y riachuelo disponible.
La energía del agua, esa que parece infinita y limpia, trae consigo un precio ambiental que no siempre queremos ver
¿Y quién va a tirar del carro en este caso? Pues, claro está, los países en vías de desarrollo. Porque, como siempre, la infraestructura sostenible (y sostenible aquí va con comillas) parece ser algo que, más que compartirse, se exporta. En pocas palabras, donde la OCDE ya no puede tocar ni una gota de agua sin levantar una queja ecológica, se abrirán nuevos espacios en países donde el desarrollo es aún esa promesa que no se cumple.
Aquí llega la pequeña joya escondida: la minihidráulica, o cómo hacer que el agua nos dé energía sin tener que construir embalses que conviertan un río en una piscina gigante de concreto. ¿Cómo funciona? Simple: se aprovecha el agua que circula de forma natural por ríos y canales de riego, dejándola caer desde alturas de unos dos o tres metros. Ese empuje es suficiente para mover turbinas y generar electricidad, sin dejar un paisaje de cemento detrás. Hasta aquí, parece una maravilla, y lo es.
Las microcentrales, en lugares remotos de Bolivia o Perú, simbolizan la promesa y contradicción de llevar desarrollo sin arrasar con todo
Pero, como en toda historia, los problemas también tienen su reverso. Las microcentrales —esas que no necesitan tanto, que se instalan en pequeñas corrientes de agua— pueden convertirse en un salvavidas para comunidades que, aunque alejadas de cualquier sistema eléctrico, cuentan con un arroyo cercano. Así, las microcentrales, promovidas en lugares como Bolivia y Perú, traen una doble promesa: energía y desarrollo. Solo que, claro, el desarrollo suele acabar convertido en otra historia de acceso desigual. La energía del agua está ahí, pero su impacto, como siempre, depende del lugar donde caiga la cascada.
Y si de sueños verdes se trata, la mareomotriz se lleva el premio. Capturar el empuje de las olas, el vaivén de las mareas, usar el mar para dar electricidad a todo un país. Suena casi a una obra de ciencia ficción. Pero el sistema aún está a años luz de ser implementado en masa, aunque los avances tecnológicos —que van desde columnas oscilantes hasta embudos gigantes— hagan pensar que este gran sueño azul podría hacerse realidad.
El único problema es que la mareomotriz, hasta ahora, sigue siendo eso: un sueño con mucho potencial y poca aplicación. La tecnología avanza, sí, pero aún estamos lejos de ver una gran planta de energía que viva del ir y venir de las mareas.
La energía hidráulica tiene un problema que se queda siempre en el aire cuando hablamos de energías renovables. Porque aunque parezca limpia, construir presas y represar ríos es cualquier cosa menos amigable con el medio ambiente. La minihidráulica, por el contrario, se salva de esta condena ambiental, porque no necesita grandes embalses. Pero en la realidad, las grandes plantas hidroeléctricas dejan cicatrices en el paisaje que no siempre queremos ver. Es el precio de nuestras decisiones verdes, decisiones que no suelen ser tan inocentes como parecen.
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